Pedro Sánchez, durante el Congreso Federal del PSOE celebrado en Sevilla, lanzó una propuesta que llamó mi atención: la creación de una empresa pública para construir viviendas. Confieso que la idea me sorprendió. Cuando España ingresó en la Comunidad Económica Europea, muchas empresas públicas del antiguo Instituto Nacional de Industria (INI) tuvieron que privatizarse o desaparecer. En aquel momento se entendía que el modelo económico europeo debía basarse en la iniciativa privada, la libre competencia y la libertad empresarial como motores del crecimiento económico, la creación de empleo y la mejora de la eficiencia técnica y económica. Algunas de aquellas empresas públicas, además, eran un ejemplo de profesionalidad y competitividad. Lo digo por experiencia propia, ya que fui uno de los directores e ingenieros de Enfersa, una empresa que competía con Explosivos Río Tinto, S.A., Cros y Químicos Mediterráneos. Por eso me pregunto si la nueva empresa pública de vivienda conseguirá realmente aumentar el número de viviendas disponibles o si, por el contrario, terminará compitiendo con el sector privado sin resolver el problema de fondo. También cabe preguntarse si evitará una gestión politizada o si desincentivará la inversión privada en un sector que necesita estabilidad y seguridad jurídica. Vivimos una crisis que no es solo política, sino también de calidad de la clase política. Se presentan como representantes de políticas progresistas, pero, en mi opinión, muchas de sus decisiones económicas no responden a los principios que durante décadas han favorecido el crecimiento y la prosperidad de Europa.
Lo más preocupante es pensar en las próximas generaciones. Me temo que muchos jóvenes con una sólida preparación profesional no querrán dedicarse a la política si perciben un bajo nivel de exigencia y preparación entre quienes ocupan hoy los principales cargos públicos. También considero desacertadas algunas declaraciones y decisiones de distintos miembros del Gobierno. En ocasiones se trasladan mensajes que parecen alejarse de los problemas reales que afectan a sectores como la agricultura, la ganadería o la industria. En materia cultural, echo en falta una defensa más decidida del legado histórico de España en América. Sin negar los aspectos discutibles de aquella época, también conviene recordar la creación de virreinatos, universidades, instituciones, la expansión de la lengua española y el mestizaje que caracterizó gran parte de la presencia española en el continente. En el ámbito agrario, muchos agricultores y ganaderos consideran que la aplicación de determinadas normas, especialmente las relacionadas con la sanidad animal y la gestión de la tuberculosis bovina en la fauna silvestre, supone una carga difícil de asumir para la ganadería extensiva. Por otra parte, da la impresión de que algunos ministerios tienen una escasa presencia pública o que sus actuaciones son poco conocidas por los ciudadanos. En cambio, otros ocupan con frecuencia los titulares, aunque no siempre por los resultados de su gestión. En definitiva, creo que España necesita una administración más eficaz, una política basada en la preparación y la experiencia, y un mayor respeto por quienes crean empleo, invierten y sostienen nuestra economía. Gracias por vuestra atención y por seguir leyendo estos artículos, que no pretenden ser otra cosa que una reflexión crítica y argumentada sobre la actualidad.
SANCHO DÁVILA IRIARTE
Soñadores
La imaginación y la creatividad han sido siempre el origen de los grandes avances de la humanidad. Detrás de cada innovación, de cada conquista social, hubo antes alguien que se atrevió a soñar lo que parecía imposible. También existen esos soñadores silenciosos que, lejos de los focos, dedican su tiempo a ayudar a los más vulnerables. No buscan reconocimiento: su aspiración es sencilla y profunda, mejorar la vida de los demás. Sin embargo, cuando miramos a la vida pública, la sensación es distinta. En un contexto político cada vez más crispado, cuesta encontrar representantes capaces de imaginar un futuro diferente. Predomina la disciplina de partido, la obediencia a las estructuras internas, y escasea la independencia de criterio. Quizá uno de los problemas de nuestra democracia sea, precisamente, la falta de soñadores en quienes nos representan. Se habla de libertad y de bienestar, pero muchos ciudadanos perciben que esas promesas se diluyen en la práctica. Sobran problemas sociales y faltan líderes capaces de imaginar —y defender— soluciones nuevas. Tal vez ha llegado el momento de explorar otras fórmulas. ¿Sería posible un partido político más abierto, sin estructuras rígidas, donde los candidatos se presentasen directamente ante los ciudadanos, incluso a través de medios digitales? Pensar en ello no es ingenuidad: es, simplemente, volver a soñar con una democracia mejor. En un mundo ya plenamente digital, lo que aún no existe es una fuerza política capaz de organizarse y actuar con lógica del siglo XXI: ¿Para cuándo un partido político totalmente digital?
PEDRO MARÍN USÓN
Trump, el “Trumposo”
Al querer ganar haciendo trampas hasta en el Mundial de Fútbol, exigiendo eliminar una falta de un delantero del equipo de EE. UU., su actual presidente selló el título con que pasará a la historia, el de Donald el “Trumposo, junto a otros como el “In-Maduro”. Difundido cartel.
DIEGO MAS MAS
Mercaderes del miedo
la regularización extraordinaria de migrantes que ya conviven y trabajan con nosotros —no de quienes llegarán— sería la octava de la democracia. El PP de Aznar ejecutó tres de ellas, otorgando papeles a más de 520.000 personas en procesos que tildaban de ejemplares. La iniciativa actual emana de una ILP avalada por 700.000 firmas, sindicatos, patronal y la propia Iglesia. Sin embargo, el PP actual, por puro oportunismo y pánico electoral ante Vox, abraza una demagogia xenófoba repugnante y vende la medida como una «perversión» del censo electoral. Mienten sin pudor y pretenden llevar el asunto a Europa pese a que la propia Unión Europea siempre ha delegado esta competencia en cada Estado. Para colmo, tras el acoso de la derecha, el Tribunal Supremo abre la puerta a paralizar el proceso por supuestas dudas normativas. Una maniobra mezquina que, me temo, dejará a un millón de personas en un limbo legal despótico. Es una absoluta vergüenza. El PP pisotea su propia historia legislativa, renuncia a la mínima coherencia y secuestra la moralidad pública por un puñado de votos. Una oposición desalmada que trafica con el miedo y destruye la cohesión social no merece la confianza de los ciudadanos. ¡Vergüenza!
MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON