Powered by
HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

Carta al director

28-08-2026 / 08:27

He estado ingresado durante unos días en el Hospital Neurotraumatológico. Nada grave. He constatado y comprobado directamente lo que sindicatos y usuarios venimos denunciando de la sanidad pública de Andalucía. Administrada —por decirlo de alguna manera suave— por la coalición de derechas del PP, y extremas derechas de Vox: Consultas al limite, salas de espera atiborradas de pacientes y familiares acompañantes. Falta de camas para los ingresos programados que deben de esperar muchas horas hasta conseguir habitación, si es que la consiguen ese mismo día. Plantas cerradas, claro estamos en verano y la gente no enferma —están todos de veraneo—. A la misma vez he comprobado los magníficos profesionales —todo tipo de trabajadores, desde los que están en admisión, hasta los médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, limpieza, cocina, etcétera—, todos atienden con la máxima profesionalidad y entrega a su encomiable y nunca bien reconocido trabajo y esfuerzo. Doy las gracias y agradezco a todos por el cariño con el que atienden a sus pacientes. Quiero terminar esta “reseña” hoy con el siguiente dato, no se si corresponde la verdad recogida del precioso, “El Cantar del Mío Cid”: “Todos diciendo lo mismo, en su boca una razón: ¡Dios, que buen vasallo El Cid, así hubiera buen señor!”. ¡Dios, que buenos Profesionales, todas y todos los que trabajan en el SAS, así hubiera buenos politicos al frente de nuestra Sanidad. La mejor Sanidad del Mundo. Pero...

SEBASTIÁN CRUZ ORTEGA / Jaén

El valor y la dimensión del trabajo

Señor director: mucho y muy interesante se ha escrito sobre la dimensión humana y divina del trabajo y todos los aspectos anejos a ello. En estas breves líneas quisiera detenerme en uno de esos aspectos que me ha sugerido la lectura de algunos puntos de la Constitución “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II, lectura recomendada tras la lectura, a su vez, de la primera Encíclica del papa León XIV y es sobre el valor de la actividad humana. Todos hemos podido comprobar que el trabajo nos produce cansancio, físico y psíquico, agobio, agotamiento... y en algún que otro momento tedio, ese estado de ánimo que nos lleva incluso hasta a un aparente rechazo. Son reacciones en parte lógicas, pero lo son también confusas. Todo ello nos puede resultar lógico, pero lo es fundamentalmente porque no acabamos de divisar la línea del horizonte; y en esa línea del horizonte es donde está el quid: “Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo”. Así nos lo dice el referido documento conciliar. Y así es, la creación no salió plenamente acabada de las manos del Creador, misión encomendada particularmente al hombre, de ahí que el trabajo sea la participación humana en la obra creadora divina. Y de ahí, también, que la aportación del hombre con su trabajo, independiente de ser un medio de vida y fuente de recursos para él y para su familia, sea también una oportunidad, un camino, de trabajar por y para Dios, de ser colaboradores suyos de la Creación.

JUAN ANTONIO NARVÁEZ SÁNCHEZ / Úbeda

El siglo del vacío

El estrés emocional, el uso constante del móvil y las prisas se han convertido en los protagonistas indiscutibles del siglo XXI. Esta tríada define el ritmo de vida contemporáneo y está dejando una huella profunda en la salud de las personas. Vivimos en la era de la hiperconexión digital, pero paradójicamente también en una época de crisis relacional. El estrés, las prisas y el individualismo nos han llevado a un estado antihumano donde no reconocemos la necesidad del otro. La tecnología y la productividad han desplazado las relaciones personales profundas, generando una soledad que afecta a todas las edades. Las consecuencias son medibles y preocupantes. El desplazamiento infinito por pantallas provoca cambios neurológicos: regulación a la baja de receptores de dopamina y reconfiguración de las redes de atención. La capacidad media de atención ante una pantalla se ha reducido drásticamente. Leer un artículo largo o seguir una conversación completa supone ahora un esfuerzo inusual. Se instala un embotamiento de la curiosidad y la motivación. El estrés crónico aumenta el riesgo de hipertensión y enfermedades cardiovasculares. Las alteraciones del sueño se relacionan con deterioro cognitivo. Las dificultades para planificar, iniciar tareas o gestionar el tiempo se manifiestan constantemente en el trabajo y la vida personal. Ante esta realidad, es necesario recuperar la conversación, el contacto, la empatía y la presencia. La clave está en disponer de relaciones significativas con quienes compartir emociones y experiencias. Mantener actividades que favorezcan el contacto social, practicar deporte en grupo o participar en asociaciones pueden ayudar a reducir el aislamiento. Es hora de preguntarnos si queremos seguir siendo esclavos de la productividad y la hiperconexión, o si estamos dispuestos a recuperar lo esencial: la conexión humana, el tiempo para pensar y la capacidad de estar presentes en nuestra propia vida. Poco a poco, nuestra capacidad de análisis y raciocinio van, directamente, desapareciendo.

PEDRO MARÍN USÓN

Trump: política hecha extorsión

Resulta inquietante que el presidente de Estados Unidos llegara siquiera a plantear un despropósito tan grande como imponer un peaje del 20% a los buques que crucen el estrecho de Ormuz, una vía por la que transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. La mafia construyó su poder ofreciendo “protección” a cambio de dinero: quien pagaba quedaba a salvo; quien se negaba sufría las represalias de quienes decían protegerle. Ese mismo esquema recuerda a la pretensión de Trump. No es diplomacia ni liderazgo, sino la lógica del chantaje: pagar o afrontar las consecuencias. Con propuestas de este calibre, la política exterior deja de apoyarse en el derecho internacional para convertirse en la imposición del más fuerte. Arrasar alianzas y utilizar el inmenso poder militar estadounidense como instrumento de presión degrada la legitimidad de Occidente y alimenta la inestabilidad global. Cuando una superpotencia actúa con métodos que evocan la extorsión mafiosa, el mundo entero queda expuesto a una peligrosa deriva donde la fuerza pretende sustituir a la ley. Si el arsenal nuclear se gestiona con la ética de un gánster, el planeta entero queda como rehén de una red de extorsión global. El mundo corre un peligro de muerte.

MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON