Una visita inesperada

28 mar 2016 / 19:51 H.

Había venido por sorpresa, sin previo aviso, y lo había hecho para quedarse. Una visita inesperada, y que no me agradaba en absoluto. A lo largo de los cuatro días y tres noches que estuvo en casa, traté por todos los medios de hacerle la vida imposible, pero siempre escapaba a mis indirectas que, por otra parte, más directas no podían ser. No tuve más remedio que, en cierto modo, adaptarme a su compañía, aunque yo seguía insistiendo en mi empeño. Lograba sacarme de mis casillas, y lo hacía bien temprano, de buena mañana, en el maravilloso instante del café..., una hermosa taza de café bien caliente, casi ardiendo, es como a mí me gusta. Soplar antes de dar el sorbo, y notar cómo baja hacia el estómago. Para mí representa esa primera sensación del día, feliz y cálida, que te invita a afrontar con sensatez y armonía todas las situaciones adversas que el nuevo día pueda aventurarte. Desde ese instante, cuando apenas el reloj marca las ocho de la mañana, ya venía airosa a molestarme. Era su forma de ser. Bueno, más bien diría que es la forma de ser que tienen todas, sin excepción. Siempre consiguió su propósito. Obstaculizar mi pensamiento, hasta mi inspiración. Hacía que no lograra concentrarme en aquello que hiciera. Toda mi atención era captada por ella, incluso cuando su presencia se escapaba de mi mente, ella venía a recordármelo. Me seguía allá donde fuera y no había forma de hacerla desistir. Sé, positivamente, que hay una manera radical y fulminante de deshacerme de su presencia, pero no podía hacer uso de ella, porque su reacción me perjudicaba a mí también. Soy alérgico a ese tipo de soluciones, y no me sientan bien. En innumerables ocasiones le abrí la puerta para invitarla a marchar, pero era inútil, ella siempre se alejaba de esta y desaparecía por unos instantes, haciéndome creer que había marchado sin haberla visto. Otras veces escapaba velozmente a mis embestidas, que cada vez eran más enérgicas. Hasta que un día, el cuarto concretamente, muy de mañana, al sentarme en el sillón para degustar esa rica taza de café, la vi frente a mí, boca arriba, inmóvil, ya no se movía a mi alrededor. Aquella dichosa visita había llegado al fin de su existencia. Esa es la vida de las moscas, de tres a cuatro días, no suelen vivir más, pero mientras lo hacen no dan tregua.