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Zurbarán: otro horizonte

Sí, de pronto, el universo del arte español se conmueve ante dos hechos claramente cotejables. De un lado, quienes gobiernan el mercado internacional, han decidido que, entre las cien personas de todo el mundo que forman parte de este fenómeno de raíz cultural, no figure nombre alguno español. De otro, este de mayor calado para la cultura occidental, parte de la exposición itinerante (Londres, Nacional Gallery, del 16 de febrero, al 20 de junio; París, Museo del Louvre, del 7 de octubre al 25 de enero) dedicada al más que cimero artista Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598; Madrid, 1649). Un verdadero maestro que, no obstante su contrastada excelencia, con pasado ensombrecido en la nómina de pintores españoles tales como El Greco, Velázquez y Goya... Murillo, pese al interés de Isabel de Farnesio por su obra, hasta el estudio del historiador vallisoletano Enrique Valdivieso no dejó de ser un verso suelto. Una mirada deudora del romanticismo europeo, paradójicamente, convertida en una de las cimas poéticas del siglo XIX. Privilegio que elevó a grandísima altura su celebérrima “Inmaculada de los venerables”. Lienzo, a la sazón, buscado y perseguido por los más importantes museos de Europa, de tal suerte que, mediante muy reñida puja, recaló en las colecciones del Museo del Louvre. Lugar del que, en 1941, pasaría, junto a la Dama de Elche, al Museo del Prado, según acuerdo entre el Gobierno de Franco y el Régimen de Vichi. Por cuanto hace al primer hecho, tiene que ver con un mercado dedicado a la especulación, gobernado por un neocapitalismo feroz que, antes que el becerro de oro, de momento, solo ha decidido quedarse con el oro del becerro en espera de la siguiente treta, absolutamente aplicable sobre el mapa de este mundo distópico que nos amenaza, conducido por cleptócratas, supuestas élites que desean quedarse con el santo, pero también con la limosna. En cuanto toca al segundo, suele estar relacionado con los cambios de gusto que acompañan, siempre lo hicieron, al arte y, por consiguiente, ahora también afectan a la figura y a la obra de Francisco de Zurbarán que, aunque de altura más cimera que la hasta ahora establecida, su excelencia lo conduce, es de obligada razón, a ocupar uno de los primeros nombres de la pintura europea de su tiempo. Esto es, uno de los lugares que la crítica y la historiografía le negaron. No obstante, también es de razón advertirlo, cuenta con destacados estudios, entre otros los del historiador sevillano, Antonio Hernández Díaz. En cualquier caso, el territorio que ocupa la obra de Francisco de Zurbarán hoy es otro y otro, no lo dudemos, el que, a partir de estas dos asomadas al mapa europeo ha de ocupar. No tanto a caballo del coleccionismo inversionista de nuevo cuño o, para mejor decir, de esa pretendida y sesgada élite que utiliza el arte como cheque al portador. Esto es, para quienes el arte no es para colgar, sino como otra suerte o cara de dinero líquido. Un bien de consumo que se compra y enseguida puede revenderse con el consiguiente anclaje en Suiza, por ejemplo, conservado en un búnker del que, posiblemente, pasará a otro búnker sin tributación alguna.

La obra del pintor extremeño Francisco de Zurbarán parece circular por carriles diferentes. Hablamos, sí, de un consumado maestro. Un pintor de tan granadas y grandes composiciones como “Apoteosis de Santo Tomás de Aquino” (1631, ó/l, 486 × 385 cm). Obra en la que color y forma se ahorman tan ejemplarmente, que no es fácil encontrarle par. Pintor, decíamos, de ordenadas composiciones y, gran colorista, tal y como puede verse en la serie de Santas (17 son las consideradas sin duda alguna), cuya destreza es más que suficiente para situar al artista en ese lugar de privilegio que lo conecta con la modernidad al tiempo que lo consagra como uno de los pintores barrocos europeos de más alto interés. Tanto por cuanto corresponde a la forma en sí, como por lo que supone de metáfora de esa razón que viaja desde el silencio de los tiempos hasta Platón y Sócrates, y claro es enlaza con la mística de Santa Teresa y sus pucheros. De aquí, su anclaje también en obras como “Bodegón con Cacharros”, “Agnus Die”... Mirada, en fin, que deja atisbar la obra de pintores como Cézanne antes de pensar en el cubismo más ortodoxo de Braque y, en consecuencia, de los precursores de las formas cubistas, pero también y de modo absolutamente diferente, en cuanto supone el empleo del color para este Zurbarán libérrimo, conocedor como pocos de sus coetáneos, de cuantas herramientas sirven al pintor, entre ellas, pigmentos como el blanco de plomo, merced al que, en las telas de este singular maestro, los colores cobran especial brillantez y los blancos claror y texturas cálidas y aterciopeladas. Con todo, obras, de cabal entereza cromática, pero también, y esto es de mucha complejidad, de muy avivado y trasparente colorido, como también se deja advertir en alguna de las trece piezas conservadas en el Monasterio de Guadalupe o en las ocho deliciosas tablitas del espacio que ocupó la antigua ropería del Monasterio.