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Zabaleta: Inicio de una época

Obra central en el quehacer de la pintura del Rafael Zabaleta que comenzó el primer lustro de los años cuarenta del pasado siglo. Sí, de aquel tiempo en que, a través de una carta firmada por el escultor Manuel Hugué, puso al artista jaenés ante Aurelio Biosca, pintor y galerista catalán, cuyo encuentro en la soledad de ambos, supuso el comienzo de la ascendente carrera del giennense hasta ese lugar cimero que ocupó entre sus contemporáneos. Tiempo difícil. Dijese yo que de transición. Parecería que todo lo anterior, me refiero a la pintura y escultura española de los últimos cien años, está quedando en cuestión y, claro es, también las cifras millonarias que antes se han pagado por estas obras y, no olvidemos esto, las que después, al comenzar las ediciones de ARCO, encontraban el lecho de un coleccionismo nonato, seguido de otro más avispado que enseguida ya pretende hacer caja con obra de escaso valor con la que, casi de pronto y sin otro caudal que el arrojo de su propia decisión acompañada por otro tanto de ignorancia, pretende acotar la dinámica futura de los museos mediante obras, en gran parte, de muy mermado valor. Generalmente, papeles (obras sobre papel) de dudosa autoría: en Barcelona y Madrid, me dicen que en cualquier ciudad de cierto nivel social también, aparecen personajes (freelance) ofreciendo cuadros de este o aquel pintor, con pocas garantías, o ninguna, de autenticidad. Piezas respaldadas por el pariente o parienta más cercano del artista: recordemos una de las últimas obras de Ángeles Ortiz subastadas de la que el Historiador de Arte y admirado amigo, Antonio García Bascón, puede dar fe de este y otros casos.

Cierto, nada que ver con este lienzo de Rafael Zabaleta adquirido en subasta por un coleccionista de Murcia, cuya vocación como tal, hoy muy destacada, comenzó en el Jaén del primer lustro de los 70 del pasado siglo, cuando el dibujante y caricaturista Juan Guzmán, en 1976, firmaba una muy estilizada y excelente efigie del referido murciano que fue expuesta, recientemente, en una exposición del artista celebrada en la sala del Antiguo Hospital de San Juan de Dios, cuya curaduría corresponde a los autores de los textos, Rafael Guzmán, Juan Manuel Molina Damiani, a la documentalista Rocío Vegara, todo ello, obviamente, con el estimable patrocinio del Instituto de Estudios Giennenses que supo rescatar la obra y el nombre de Juan Gumán, pero también toda una iconografía de personas y personajes de aquellos años.

En cualquier caso, digámoslo ya, ahora hablamos, o, mejor escribimos, de un lienzo de Rafael Zabaleta (Quesada, 1907-1960). Una obra importante, realizada el año 1941, con el siguiente título: “Estudio del pintor” o “Taller del pintor” (óleo sobre lienzo 105 X 76 cm), cuyo asunto se corresponde con una escena de taller realizada con paleta agrisadamente cálida y muy austera llevada a la superficie con marcada pincelada de sensación plana. En cualquier caso, un tema reiterado que continúa el surco del idealismo narrativo de otros artistas que desearon y desean explorar la forma según ciertas exigencias de quienes se formaron en la ortodoxia de la entonces Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Al cabo, pintura española de posguerra, en la que se hace notar una poética que tiene que ver con el expresionismo de sensibilidad alemana, más que francesa. De aquí el idealismo que le atribuimos, deudor de Ortega y Gasset, pero también la de ese cubismo más austero que no se atreve o no desea separarse del entorno de un orden compositivo muy anterior a esa parte que, entre los movimientos vanguardistas más traídos y llevados, comienza con “Les Demoiselles d’Avignon” pintadas por Picasso en 1907. No obstante, parece de suma razón, hacer notar en la obra, la renuncia al color que hace Zabaleta, precisamente en aquel tiempo en que Henri Matisse y el fauvismo tanto habían influido en el cromatismo de las obras, cuya mirada, en gran parte, condiciona toda la época en la que habita Rafael Zabaleta.

Con todo, en cuanto hace a la composición, una mujer de espaldas con otra en primer plano, una maternidad, convoca la mirada del contemplador en torno a esta composición de gran equilibrio y media pasta, cuya figura más alejada es la del pintor realizando su trabajo y, posiblemente, como acaece en algunos cuadros a partir de “Las Meninas”, invitándonos a entrar y contemplar el universo de su sentido clima que, de algún modo, ha de vertebrar la obra, generosa y expresiva desde la propia pulsión del trazo, siempre gestual y enérgico que, con la excepción de alguna obra de la época final, caracteriza la pintura de este artista jaenés nacido en Quesada. Maestro, en fin, que este domingo de agosto ocupa las páginas de Diario JAÉN, cuya obra, aquí reproducida, está impregnada de un horror vacui muy equilibrado que se nos acerca desde aquel Renacimiento que, al otro lado de la ventana contemplaba el paisaje. Tal es como lo miran artistas como Leonardo da Vinci y Alberto Durero y tal es, a nuestros ojos, como Rafael Zabaleta, en el fondo de la tela, no puede ocultar su vocación de paisajista.