Como todos los años al mediodía de San Isidro, los caballos han vuelto a pasar por las calles del pueblo. Muchos son blancos o tordos y ninguno he visto negro. Seguro que lo hay. En primaveras anteriores se mezclaban los trotes elegantes equinos con los vuelos rápidos de las golondrinas, pero este año no ha habido vuelos. Estarán en Benatae o en Pegalajar porque a Orcera no han venido. El caso es que las promesas del poeta no se han cumplido, o bien, las que no han vuelto son las que el poeta decía que no volverían. Algo habrá pasado entre los amores escondidos en la sierra que no tienen quien les revolotee en los cielos. No deja de ser triste un San Isidro sin golondrinas, así que me conformaré con su ausencia para mitigar o justificar esta tristeza que me embarga hace ya unas semanas. La culpa fue de los pájaros y no se hable más. Antaño, de chico y en Segura, me quedaba embobado viéndolas volver y volver a sus nidos otra vez, ocupando siempre los mismos rincones de los balcones, acompañando el regreso con cánticos que me alegraban el día y manchaban los azules cielos de puntos negros inquietos. No hay golondrinas blancas ni caballos negros. ¿Qué estará pasando? El santo y el poeta no parecen estar pasando por sus mejores momentos. O puede que el uno y el otro hayan pensado en esquivar colores tristes para curar sus tristezas negras. El año que viene volverán. Seguro.