Viva el descontrol

    14 abr 2026 / 08:45 H.
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    En Linares solía salir a pasear fingiendo estar haciendo cualquier recado. No sé a cuento de qué, pero si me cruzaba con alguien conocido me sentía más cómodo diciendo “Voy a esto o a aquello”, en vez de “Nada, paseando”. Este mismo ejercicio en Santiago de la Espada se torna infinitamente más dificultoso: el pueblo se acaba enseguida, no da para una caminata como Dios manda; y esgrimir un argumento parecido invitaría a pensar que ando como pollo sin cabeza —si es que no lo piensan ya—. Y aunque es cierto que aquí, a cambio, tengo la montaña, cientos de ellas y la mar de hermosas, a veces uno, por la razón que sea, prefiere o necesita el asfalto o la noche para estirar las piernas, o el bullicio y el ruido para escapar de tanta soledad y silencio. ¿Y qué les voy a contar de Cortijo Viejo, la aldea en la que vivo? Dos calles en forma de ele que desde la punta del palito largo a la punta del palito corto no sumarán más de doscientos o doscientos cincuenta metros. Me las sé de memoria, de la memoria con la que me han dotado mis pasos que, en comparación con los de mis vecinas María del Señor y Dolores, se asemejan a los de un chiquillo o me resitúan en el lugar que me corresponde: en el de un recién llegado, a pesar de que mi andadura por estos lares se acerque ya a los quince años. Y eso pensaba ahora, que en ciertos aspectos siempre estamos abiertos a convertirnos en chiquillos o en recién llegados, y a poder disfrutar de su incapacidad de añoranza.

    Está bien ser un recién llegado, encontrarse en esa suerte de limbo que te presta no tener ni la más mínima idea de lo que te aguarda y, a la vez —gracias a ese desconocimiento—, no experimentar ninguna clase de incertidumbre o temor. Y también está bien, realmente bien lo contrario, que ese camino, que se creía tan plácido, llano y sin baches, termine erigiéndose en un torbellino de sensaciones. No venimos para otra cosa ni existimos para otra cosa que no sea sentir y, a ser posible, para hacerlo hacia bien arriba y hacia bien abajo, lejos de los términos medios, al menos, cuando nos toque y la ocasión así lo merezca. Pero disculpen tanta dispersión, trato de situarles: esto viene a cuento del control. Esta mañana, en esas redes de Dios y de la Inteligencia Artificial, me he topado con una chica que demandaba control a sus cientos de miles de seguidores: “Control de las emociones”, decía: “Es vital tener la certeza de que somos capaces de eso, de mantener el control de las emociones y, sobre todo, de aquellas que nacen de unas circunstancias que no podemos cambiar. ¿O acaso están en nuestras manos las resurrecciones de nuestros muertos?”, preguntaba la chica para concluir, elevando bastante el tono de su voz. Cierto, existen duelos que te conducen a un lugar tan profundo que, por momentos, parece que vaya a ser imposible regresar al punto de origen. O rupturas o sucesos sobre los que no hay nada que hacer, salvo aceptarlos. Pero, ¿control? ¿Cómo demonios se controla la pena lógica, la tristeza lógica, las pérdidas? Y, sobre todo, ¿quién o quiénes han dictaminado que en ese dominio y gobierno de las emociones más básicas pervive un atisbo de salud y bienestar?

    Tal vez el error esté en la palabra “Control”. Como si la vida fuese una cuerda que uno puede tensar o aflojar a voluntad, como si bastara con apretar un poco más fuerte para que todo se mantuviera en su sitio. Y no. Hay cosas —muchas más de las que nos gustaría admitir— que no se dejan gobernar. Ni el duelo, ni ciertas ausencias, ni ese temblor que a veces se instala en el pecho sin pedir permiso. Y quizá de lo que se trate no sea de controlar, sino de acompañar. De caminar —aunque sea por dos calles en forma de ele— con lo que a uno le toque ese día. Con la pena si aparece, con la calma si se deja ver, con el ruido si irrumpe o con el silencio si se instala. Sin necesidad de dar explicaciones demasiado elaboradas, ni a los demás ni a uno mismo.

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