Vistiendo el rito

24 abr 2026 / 08:19 H.
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Coinciden en el calendario, comparten las emociones que sólo ese animal es capaz de despertar, pero se viven de forma diferente y singular. El fin de semana lo podremos comprobar si optamos por irnos a la Feria de Abril de Sevilla o quedarnos más cerca acudiendo a las Fiestas de San Marcos en Beas de Segura o en Arroyo del Ojanco. El toro es el elemento fundamental en todas ellas, aunque cambian las formas y los escenarios donde se desarrollan. Habrá quien lo no lo quiera ver así, pero, en esencia, ambas son versiones de la misma Fiesta de los Toros. Lo que uno se va a encontrar en Sevilla o en Beas son toros. Toros con los que se juega o se lucha de manera diferente. En el primer caso es un torero sólo —ayudado por la cuadrilla— el que tiene que enfrentarse y ganar la pelea, no ya solo por lo que suponga de dominio —que también— sino por la creación de una expresión artística tan fugaz como capaz de emocionar a todos los que allí están. Un público que, al igual que los toreros, se viste para la ocasión. En el que está a la espera de la gran faena, hay una voluntad de buenas formas, de sentido de la medida, de acompañar el rito con elegancia. Todo responde a un orden donde cada gesto tiene su sitio, cada silencio su mensaje, desde el respeto al oficiante en una exquisita escenografía con la música, los olés, las palmas o las broncas en perfecta armonía. Sevilla se viste de Fiesta y los sevillanos se visten para la Fiesta. En Beas, la fiesta se vive de otra manera. Aquí no hay vestimenta distinguida ni pretensión de apariencia. Cada cual acude vestido como puede o como quiere sin más exigencia que las zapatillas “sanmarqueras”. Porque lo importante no es cómo se va, sino cómo, dónde y con quién se está. Es una forma de no vestirse por fuera para desnudarse por dentro, mostrando lo que uno es sin preocuparse del qué dirán. Una especie liberación individual para compartir con más cercanía y más verdad la alegría colectiva general. Es un desmadre, sí. Bendito desmadre. Decenas de toros a la vez en las calles, a cuál más grande y más serio, cientos de mozos agarrados a las maromas o esquivando embestidas y miles de vecinos y visitantes bebiendo y comiendo apretados en las barreras, no parece una cuestión de orden. Y sin embargo lo es, porque cumple un ritual que se viene celebrando mucho antes que las relativamente modernas corridas de toros y que tiene su momento cumbre cuando los mozos al unísono se apiñan sobre el toro —no sin riesgo de “cobrar”— con el fin de someterlo lo justo para poder colocarle un collar de cascabeles y un aparejo con bordados y lentejuelas, que en eso consiste la operación de “cascar”. Paradójica escena la de esta fiesta de toros en la que no son los toreros, sino el toro, el que finalmente acaba vestido de seda. Los toros siguen siendo el centro de nuestros encuentros más señalados. Tan sólo la devoción al patrón o a la patrona puede superarlos como acontecimiento. Cosa que, quien quiera, podrá también comprobar haciendo el camino en la romería de la Virgen de la Cabeza, que, por cierto, ¡ésa sí que va bien vestida! Mejor que Morante, que ya es decir. El torero que hace unos días, sin ser del todo santo y un poco mártir, ha obrado el mejor de los milagros. Ya dijo Antonio Gala que, en nuestras fiestas, imprescindibles solo hay dos cosas: una Virgen y un toro.

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