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Vidas en conserva

Hay un montón de vidas sin usar en alguna parte. Y no me refiero a la isla en la que encalla el tiempo que se nos va en un atasco. En algún sitio hay que hacer la lista de la compra o revivir lo que nos espera el resto de la semana. Revivir, digo, porque lo que nos espera el resto de la semana se parece tantísimo a lo que ya vivimos la semana pasada, ¿verdad? Un montón de vidas que nos pertenecen y que podemos arrancar de la mata en cualquier momento, pero que preferimos dejar que sigan madurando ahí, junto a la esperanza de la llegada de otro mejor momento.

En su mayoría, son buenas vidas. Muy limpias, impolutas, como si provinieran de un planeta con las mismas características que el nuestro, pero sin ácaros. Y, a veces, muy simples, como si solo fueran el producto de la ansiedad que nos provoca no poder con nuestra propia vida. Viajan más. Sonríen más. Dicen más “por favor”, más “gracias”, más “tenga usted un buen día”, más cosas bonitas, sentimentales. Y cuentan con el extraño don de quedarse mirando un océano sin esperar a que nada pase. Al contrario, no quieren que una manada de delfines o que una pareja de ballenas jorobadas surque el horizonte. Quieren que los dos azules que se funden en el fondo se confundan al día siguiente con otros azules y que eso, por sí solo, les sirva para construir el deseo de vivirlo.

Tienen su origen en una idea equivocada y, en ocasiones, se las puede ver hablando con un coche al que, justo un mes más tarde de que le expirase la garantía, se le rompió la correa de la distribución. Ellas no son un coche. Ellas no necesitan correa. Al contrario, ellas necesitan circular libres. Pero les ocurre como a esos señores que se arremolinan alrededor de las obras una vez que su tiempo de sumar ladrillos ya ha pasado: buscan una coartada que les permita continuar maquinando el plan de fuga perfecto, aun a sabiendas de que la perfección no existe. Tienen su origen en una idea equivocada que deriva en frustración y la vista puesta en un cambio radical que nunca se produce porque la garantía de éxito ni siquiera alcanza el puñado de años.

Todos las proyectamos. Todos somos causantes de su existencia y de su completo abandono. Todos, a poco que nos dediquemos a ello, podemos ver famélicos a los astronautas que un día fuimos, a la patulea de actrices, cantantes y futbolistas que un día fuimos; y esa hermosa casa en el campo o en la playa en la que corretearían felices nuestros retoños, felices y dichosos. La casa que hoy, pese al par de másteres y al par de empleos que llevamos adelante, compartimos con tres desconocidos a los que todo lo que se les pide es que no se olviden de tirar de la cadena cuando hacen de vientre.

Pero no solo son las vidas que, una vez, les pedimos a los Reyes Magos. Al contrario, esas son las menos y, por el fuerte empuje del tiempo que no descansa, esas suelen ser engullidas por otras vidas que vienen del futuro, de un futuro que tampoco sabe quedarse quieto, de un futuro fantasma, canalla, hijo de puta. El grueso del enigma de ese montón de vidas que hay sin usar en alguna parte se encuentra en las vidas que atraviesan la calle que miramos absortos, en las vidas que se asoman a las ventanas de las calles que atravesamos absortos. En las vidas que no tenemos, que imaginamos y que se funden como los azules que confluyen en el fondo de los océanos, en el fondo de todos los océanos. Las vidas de los pimientos que ponemos a secar al sol. Las vidas de las habichuelas que ponemos a secar al sol. Las conservas de tomate, las de membrillo, la de la carne que vemos salir desnuda de la ducha cada día sin detenernos a mirarla, la carne en la que aún sobrevive el astronauta que un día fuimos, perdido en un universo de rutinas y costumbres que, tontamente, le ha hecho creer que ya no está viviendo, que ya no existe y que lo mejor ya pasó, mientras la vida le pasa por delante.