La sociedad de Europa se ha ido degradando en la misma proporción que se ha ido olvidando del Dios de la Iglesia Católica Romana. La labor de ingeniería social es magnífica: te aparto de Dios y así pierdes los referentes morales, cómo identificar lo que está bien y lo que está mal. Y esto va a la par de la degradación de la institución eclesiástica, que hoy ayuda a alejarse de la religión de nuestros padres con las enseñanzas hereje-modernistas, desviadas de la doctrina milenaria de la Iglesia, que invaden púlpitos y seminarios poniendo en duda la doctrina entera al negar la historicidad del Antiguo y del Nuevo Testamento por pura soberbia intelectual. Lo que está ocurriendo, ya en cuarenta y nueve ciudades de Europa a la vez, muestra esa clara degradación, no solo en los vándalos que los protagonizan y en el “poder oculto” que los organiza, sino en los Gobiernos, formados por demasiadas personas indignas, que lo permiten al adoptar medidas claramente insuficientes a sabiendas de su insuficiencia; y la víctima, el ciudadano inocente. Lo malo, y es muy malo, no solo son las actuaciones permitidas, lo malo, repito y en mi humilde opinión, es la pérdida del Dios católico en nuestras vidas.