Es frecuente que en algunas entrevistas periodísticas, televisivas o radiofónicas se pregunte por el libro que más ha gustado o más ha impactado a la persona con la que se dialoga. Yo no recuerdo haber pasado por trance similar, aunque sí tengo muy clara cuál sería mi respuesta: “Política económica” de Enrique Fuentes Quintana y Juan Velarde Fuertes. Quizás algún lector se haya quedado sorprendido de que no haya mencionado el “Quijote” de Cervantes, “Cien años de soledad” de García Márquez, “Guerra y paz” de Tolstoi, “Crimen y castigo” de Dostoievski o “Ulises” de Jame Joyce. Esperen y lo comprenderán.
En el antiguo bachillerato elemental —cuatro cursos académicos— y en el superior —dos cursos—, había unas asignaturas que popularmente se conocían como “las marías”, por su facilidad para ser aprobadas sin grandes esfuerzos: Religión, Educación Física y Formación del Espíritu Nacional. Esta última materia tenía un propósito explícito: “la adquisición de los valores que se identificaban con el concepto nacionalista de España propio del Movimiento Nacional”. La misma no era impartida por el profesorado ordinario sino por miembros de la Falange designados para tal cometido. Los libros que utilizábamos eran: “Vela y ancla” en primero de bachillerato, “Aprendiz de hombre” en segundo, “Cartas a mi hijo” en tercero, “Convivencia humana” en cuarto, “El hombre y la sociedad” en quinto y “Política económica” en sexto. Durante los cinco primeros cursos esta asignatura era un “pestiño” —pesada, aburrida—, que había que superar y que fue pasando “sin pena ni gloria” año tras año, hasta que en sexto tomé entre mis manos el libro de Fuentes y Velarde. El índice ya me fue enormemente atractivo: la actividad económica, renta nacional, población, agricultura, minería, industria, transportes y comunicaciones, organización monetaria y mercado de capitales, los bancos, comercio exterior, la intervención del Estado en la vida económica y la distribución de la renta. Era algo completamente distinto a lo que había estudiado hasta ese momento. En cuanto tuve el libro, incluso antes de que comenzara el curso, me sumergí en su lectura y quedé atrapado por algo que era la vida misma y que se traía a las aulas para ser explicado y estudiado. Frente a la historia, el latín o la filosofía y la abstracción de la física o las matemáticas, aquello era algo distinto, más cotidiano, más cercano; en fin, una asignatura que con dieciséis años me despertó una vocación que muchas décadas después aún conservo intacta. Soy consciente de que a ello contribuyó, además del contenido en sí de la materia, el rigor científico de los autores, sin duda dos grandes economistas de general reconocimiento, la ausencia de los sesgos ideológicos de los libros de los cursos anteriores y, cómo no, el profesor que la impartió, abogado de profesión, de mente más abierta que sus colegas, con aptitudes pedagógicas y con capacidad para incitar el diálogo y el debate durante las clases. El cóctel perfecto que me enganchó.
El siguiente paso fue convencer a mis padres de que quería estudiar Ciencias Económicas, que además no se cursaba en Granada, sino que había que ir hasta Málaga, entonces dependiente de la Universidad de Granada. ¿Económicas?, ¿Eso para qué sirve? “Tú eres muy buen estudiante y puedes ser médico, abogado, ingeniero o lo que te propongas”, decía mi padre. “Pues no papá, quiero ser economista”, era mi respuesta habitual. Ante la firmeza de mis convicciones pronto cedió y permitió que iniciara la Licenciatura de Económicas en Málaga, en aquellos lejanos años —principios de los 70— más identificada con el incipiente turismo extranjero que con la universidad. ¡Qué gran acierto!
Más de cinco décadas después, sigo enamorado de la Economía y continúo estudiando, investigando, escribiendo y enseñando la ciencia que ha dado sentido a mi vida. Quiero dedicar esta columna a los estudiantes a los que he impartido clases de Economía en la Universidad durante los últimos 47 cursos académicos, así como a mis coetáneos —hoy peinando canas— que cursaron “las marías” en los años 60.