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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Una nube contra la tormenta

El pasado viernes, se quedó una nube varada sobre el cortijo y no sabemos si aguarda la llegada de una nueva borrasca a la que sumarse o si su intención es quedarse a vivir con nosotros. Es una de esas nubes que, junto a otras, suelen copar infinidad de planos en las películas que transcurren en el Oeste estadounidense. De Nomadland, por ejemplo, me estoy acordando ahora, con Frances McDormand —su protagonista— poco antes de llegar y establecerse en el primer asentamiento de casas rodantes, tras ser despedida de Amazon. Una nube que apareció predestinada a morir lloviendo y que, pasada la tempestad, luce un blanco esplendoroso, de dibujo animado, y que, al contrario que estos, no se mueve un ápice, como si un niño o una niña la hubiesen pegado con celo en el cielo. Y un cielo que hoy, por cierto, no parece desear una razón única y verdadera. Que se asusta, como yo, cuando se ve sometido a ellas y prefiere salir corriendo.

La razón única y verdadera es un tetra brik de leche con un pequeño orificio en su base, un orificio que termina de abrirse justo cuando lo extraemos del envase de cartón en el que convivía junto a sus otros cinco hermanos y que, como es pequeño, muy pequeño, microscópico, no da la cara hasta que horas después volvemos a asomarnos al frigorífico en el que lo hemos depositado tras servirnos al gusto la leche para el café. Una cosa así es la razón única y verdadera: el grito que propina un imbécil a las cuatro de la madrugada para hacer reír a los tres o cuatro imbéciles que lo acompañan, o el palmetazo en la mesa que da otro imbécil que no conoce otra manera de callar al resto. Un exabrupto. Un escupitinajo. Una coma entre el sujeto y el verbo que no entiende —ni cree— que existan nubes que, libremente, eligen desentenderse de una tormenta y quedarse a vivir en un cortijo.

Existe algo profundamente sospechoso en esa necesidad de fijarlo todo, de nombrarlo con exactitud, de cerrar el mundo como si se tratara de una puerta mal encajada. Y quizá por eso la nube continúa ahí, resistiéndose. No por mero capricho, sino por una forma distinta de entender el tiempo. Mientras nosotros contamos las horas en cafés, en tareas pendientes, en luces que se apagan en la cocina, ella parece medirlo de otra manera, más lenta, ajena a cualquier urgencia.

A media tarde, he vuelto a mirarla y no había cambiado. O tal vez sí, pero de un modo imperceptible, como cambian esas cosas que no necesitan demostrar que están vivas. He pensado entonces en todas las veces que confundimos el movimiento con el sentido, el ruido con la certeza. En esa prisa absurda y desmedida por alcanzar una conclusión que nos evite la incomodidad de no saber. Porque lo incómodo no es la duda, sino el espacio que abre. Un espacio sin instrucciones claras, sin voces que ordenen. Un espacio similar a este cielo que hoy se niega a organizarse en capas limpias. Y, sin embargo, ahí estamos —o ahí estoy—, buscando bordes, delimitando formas, señalando lo que creemos ver como si fuese suficiente.

Tal vez la nube no esté varada. Tal vez somos nosotros los que permanecemos quietos frente a ella, esperando que haga algo que confirme nuestras expectativas: que llueva, que desaparezca, que decida por fin qué es. Pero no hace ni una cosa ni la otra. Se queda. Y en ese quedarse hay algo que incomoda, sí, pero también algo que enseña. No todo tiene que resolverse. No todo está esperando a ser comprendido. Hay cierta dignidad en lo que se mantiene abierto, en lo que no se deja reducir a una explicación rápida.

Al caer la tarde, de pronto la luz se ha vuelto más blanda y la nube —si es que sigue siendo la misma— ha perdido algo de su blanco rotundo. No ha llovido. Pero esas son las previsiones para mañana. Así que he de empezar a prepararme porque, si se cumplen, cuando escampe quizá deba enfrentarme a un cielo azul impoluto, esplendoroso. Todavía por pintar.