Hay nombres sepultados en el olvido que la memoria familiar rescata como un eco de dignidad. En mi familia no ocurrió así con mi tío abuelo Antonio Caballero Gutiérrez. Nadie nos habló nunca de él. Su único rastro era una foto sepia que mi padre se atrevió a pegar en un álbum. Hace unas semanas, mi hijo nos descubrió a una de esas mentes brillantes de la Granada de plata. Según recortes de prensa y su expediente de responsabilidades políticas, ejerció una intensa actividad como secretario general del Partido Republicano Radical Socialista y, en las elecciones de 1936, en las listas de Unión Republicana. Jefe de contabilidad de la Caja de Previsión Social, ayudó a edificar y divulgar las primeras piedras de bienestar y justicia social. Habitó la vanguardia donde la tolerancia era bandera: fue masón —Logia Ganivet 83—, articulista, andalucista, amigo de Blas Infante —que lo casó—, de Lorca, Juan Ramón, Rosales y Machado. El 36 aniquiló su mundo; sus compañeros terminaron ante los pelotones de fusilamiento y él vivió un año más, en un desgarrador exilio interior envuelto en un indiscutible tabú familiar que hoy, casi un siglo después, rompo con orgullo. Ustedes disculpen la intrusión.