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Un lío de izquierdas

La denominada izquierda alternativa ha estado estos días en su bronca tradicional e inevitable, en sus disputas internas en despachos siniestros por el reparto de escaños, uno más arriba o dos hacia abajo, tú si entras y tú no, pero esta vez con más tralla y con menos sangre ideológica que nunca. Esa izquierda ha perdido el pulso de los días, ignora las voces de las aceras, no alcanza a interpretar la dolida indignación de quienes se acamparon en la Puerta del Sol ni en otras plazas del país. “Las derechas con las derechas, las izquierdas contra las izquierdas”, escribió El Roto en una de sus viñetas. Esos dirigentes izquierdistas se han ausentado cuando más falta hacían, en el momento en el que muchísimos ciudadanos despertaban de cierto letargo social y se lanzaban a reivindicar el derecho a la vivienda, porque Maricarmen, esa heroína de descansillo de entreplanta muy a su pesar, murió desahuciada, falleció sin su casa y sola en el hospital aunque rodeada de tanta gente. Primo Levi advirtió que cada tiempo tiene su fascismo. Y las izquierdas no han sabido interpretar el fascismo de esta época. Pero sí han acertado a leer la actualidad unos líderes anónimos, entregados a causas cercanas, conocedores de que la vida está en las calles y no en los telediarios, como Valeria Racú, portavoz del Sindicato de Inquilinas.

Las izquierdas, decíamos, se han extraviado de nuevo en la Historia, sin ver que la motosierra de Milei y Trump pretende alcanzar el mundo entero, y ya entra decididamente en Alemania y Francia. Julio Anguita, hace años, reclamaba permanentemente “programa, programa y programa”, pero de tanto afirmar que el PSOE y el PP eran lo mismo terminó en las elecciones municipales de 1995 favoreciendo el acceso a las alcaldías de los candidatos populares mediante la abstención de IU. E incluso, más allá en el tiempo. Una de las causas esenciales por la que los republicanos perdieron la Guerra Civil fue la desunión existente en las filas de ese Ejército, como detalló el dramaturgo Jerónimo López Mozo en su extraordinaria obra “Anarchía 36”. Sostenía que, durante el conflicto, los anarquistas quisieron hacer ya la revolución, los comunistas eran partidarios de esperar al final de las hostilidades, y los socialistas no se definían. Perdieron la guerra.

Gabriel Rufián, hijo de padres de Jaén y Granada, un político de indiscutible seguridad en sí mismo, muy seguido en redes, buscó en primavera una unión de las izquierdas para hacer frente electoral al bloque de derechas (PP y Vox), pero finalmente ha pesado la contradicción de que pertenece a un partido independentista catalán (ERC) y la colisión de egos con el Frente Amplio. Así no hay quien pueda. La izquierda alternativa (Podemos y Sumar) alcanzó desde 2019 el poder en España con el Gobierno de coalición, pero el personal percibe ahora que no sabían para qué querían ese poder. Hay una genética de oposición en ese espacio, incluso cuando está dentro del Ejecutivo. Y los dirigentes de izquierdas han luchado estos días por su ego en lugar de por la vivienda. Eso se suele pagar caro en las urnas. Todavía más en un momento histórico en que los ciudadanos los necesitaban unidos. Las figuras de la izquierda son las mismas que hace una década. “Se acabó el tiempo de unir a los partidos, es el tiempo de unir a la gente”, ha dicho Emilio Delgado, dirigente del Frente Amplio. Quizás sea tarde. Porque la nueva izquierda está bajo tiendas de campaña en las plazas.