Último viernes de Cuaresma

    31 mar 2026 / 08:29 H.
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    Alas siete de la mañana, las sacudidas de vapor de la plancha contrarrestan el crepitar tranquilo de los primeros troncos en la chimenea. Algo se mueve o está llamado a moverse. El cielo, después de desplegar el mosaico de rojos y naranjas, se ha quedado azul. Y el viento no sopla o, si lo hace, se asemeja a esos antifaces con los que los críos intentábamos infundir miedo en los mayores. Cantan los pájaros y, uno en concreto, se descuelga de la rama del árbol, se posa en la reja de mi ventana y pica un par de veces en un barrote: su manera de incitarme a seguir su vuelo, o así quiero entenderlo. Hay todavía una delgada mancha de bruma cubriendo parte de la vega. Hay distintas tonalidades de verde, “como cuatrocientas” —digo—. Hay rocío en los márgenes de la carretera; si no existieran, habría rocío hasta en el último rincón del planeta, sería una enorme pelota verde y azul. Se escucha el ruido lejano de un tractor que en ningún caso molesta, que se limita a recordarnos que hay vida. Y en las crestas de las montañas de la Sierra de Huebras un penacho de humo informa de que allí hay alguien quemando rastrojo, más vida —o eso quiero pensar—.

    En casa me espera una segunda cafetera y este artículo. Las noticias de cabecera no son buenas: siguen cayendo misiles, sigue el desplazamiento de personas a zonas más seguras, el encarecimiento de los precios, la masiva presencia de expertos en guerra en las tertulias. De pronto, en un texto de opinión veo la luz de Miguel Sánchez Robles: él escribe desde Caravaca de la Cruz, en la vecina Murcia, me pregunto si desde su atalaya se divisará el penacho de humo que se eleva por encima de las crestas de las montañas que nos separan. Estaría bien encontrarnos alrededor de ese fuego, que compareciera acompañado de los amigos Juan Vila y Jesús López. Ellos nos hablarían de tiempos más duros y eso nos conduciría a preguntarnos a qué extraña pasión obedece la dureza de los tiempos de ahora. Y beberíamos mistela y orujo y tocaríamos la guitarra. Sería muy hermoso, un recuerdo muy vivo de lo que no hacemos cada día.

    A las doce pasa Javi, el recovero de La Matea. Toca el pito y empieza la fiesta. Mari siempre lleva prisa y yo, por fastidiar, siempre trato de ser el primero ante el furgón. Esta mañana, también he leído que los misiles podrían empezar a caer en cualquier momento sobre Cortijo Viejo. No por su interés estratégico, claro, sino por las inmensas capacidades tecnológicas que están alcanzando las empresas armamentísticas, cada vez más cercanas a las de la propia muerte. Hoy, solo compro pienso para los perros y un par de velas. Me gustaría creer que encenderlas ayuda a que las cosas cambien y me prometo encenderlas con esa sola intención, aun sin esa creencia. Mari es una gran compradora de velas, las adquiere cada viernes por docenas, y en su plano geopolítico personal, que abarca desde Santiago a La Huerta, el valor de la paz se suele mantener inalterable, como el del oro.

    Brindo con un vino que ha subido cincuenta céntimos e, instintivamente, busco la racionalización de cualquier otro producto que me permita seguir bebiendo la misma cantidad de vino que acostumbro. Es un viernes soleado, su mediodía, otro viernes de Dolores, el décimo sin mi madre, que se llamaba Dolores, Doloretes. Que se llama Dolores, Doloretes. A Dios gracias, el cerebro nos enseña a escapar del presente y de la realidad que se tejen en Washington, Teherán y Tel Aviv. Y no hemos de sentirnos mal por ello, de otra forma vivir se convertiría en un completo imposible, nos cortaríamos las venas tantas veces como nos las cosieran. Pita la furgoneta del pan, vuelta a correr como un poseso para volver a chinchar a Mari. Tras la broma, me pide que no comamos, que aguantemos un poco el hambre, que nos tiene preparada una sorpresa —que yo me sé—. Tiene los ojos azules, como el cielo de hoy; y un corazón que me salva en los días nublados. No se lo digo, pero en el ajoarriero que anda cocinando para salvar el último viernes de cuaresma encuentro yo la paz.

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