Este verano andan albañiles por casa tratando de curar las humedades que han ido confiscando sus muros durante dos inviernos especialmente lluviosos. Desde muy temprano, taladros y martillos empeñan las horas en echar abajo la cal enmohecida y los suelos supurantes. Hace unas pocas mañanas, a una hora en que ya se oía cierto trajín en la calle y en la pescadería aleteaban frescos los ejemplares que venían de la lonja de Huelva, se detuvieron de pronto las percusiones de la obra y fui llamado a la zona donde trabajaban los obreros. Habían descubierto un enorme boquete que daba acceso a una escalera que se adentraba entre la profundidad del escombro. Les pedí que no lo taparan.
Esa misma tarde, alentado por la curiosidad de quien no pudo ejercerla en la edad oportuna, tomé prestadas algunas herramientas de trabajo y fui despejando la escalera de las tierras y cascajos que la mantenían enterrada hasta dar con una nueva estancia que parecía un pasillo subterráneo. Como precisaba de una perforadora más potente y una linterna que iluminase mejor el resultado de mi ejercicio, volví a la tarde siguiente con el propósito de dar con la solución de aquella extrañeza arquitectónica o encontrar algún elemento con que datar el uso o la edad del hallazgo. Después de varias tardes, solo conseguía encadenar pasillos y galerías que iban ensanchando la longevidad de la piedra, el olor nauseabundo y la naturaleza del misterio que iba creciendo a los pies de nuestra casa. Transcurrido el rato de trabajo, volvía a la superficie, dejaba caer por el desagüe de la ducha la porquería del inframundo y comparecía en las conversaciones de la cena con la mente abducida en los túneles que debía emprender en la siguiente incursión, cada vez más escabrosa y laberíntica. Espero ansiosamente a que la casa ejerza el armisticio de la siesta para volver a mi aventura. El teléfono ya no tiene cobertura y debo ir dejando pequeñas muestras para no perderme en mi propio subsuelo. Abajo, la apariencia del terreno es similar, y una mala decisión podría devenir en una tragedia.
Hago poca superficie, pero sé que en Ceuta han muerto ahogadas unas cien personas en una desesperada avalancha fronteriza claramente orquestada por quienes no tienen el más mínimo escrúpulo ni respeto por la vida humana. Esa misma ultraderecha que se alía con los verdugos va a gestionar en Andalucía la valoración de las víctimas de violencia de género cuya lacra civil lleva ninguneando desde que tiene poder propagandístico. A Juanma no le gusta el lío, pero le va el mambo. En plena ola de incendios, con los bomberos al límite de sus capacidades, se informa de que la presidenta de Madrid se ha gastado la friolera de seis millones de euros de dinero público en un ático de lujo. Su pareja, a la vez, negocia al parecer sus activos inmobiliarios en los que convivía con la líder popular. Balbuceante entre explicaciones sin sentido y pillada por la prensa, Díaz Ayuso anuncia que lo pone en venta para pagar a las víctimas del fuego. Y ninguno de los vigilantes de la moral patria dice ni mu. Yo sigo a lo mío. Les escribo, de hecho, intentando encontrar el camino de vuelta a casa. Avisen a los míos, por favor. Estoy como la humanidad entera, en un estado irreversible y echo de menos aquel verano imposible que hubiera nacido al ignorar aquel agujero y puesto mis fuerzas al servicio de la apacible hora de la vida.