Trabajo e inmigración
El pasado mes de diciembre me decía un profesional, empresario y olivarero jiennense: “Ya no hay ni moros para coger la aceituna, solo encuentro negros” (entrecomillo lo que fueron literalmente sus palabras). Ante mi pregunta sobre si estaban regularizados, su respuesta fue escueta: “No lo he averiguado, ya que si no los contrato las aceitunas se quedan en los olivos”. Sí, si no se contrata a inmigrantes no habría quien recogiera la cosecha, ni se podrían abrir gran parte de los restaurantes y bares que pueblan el país, ni tampoco el sector de la construcción dispondría de mano de obra para la edificación de viviendas y para las infraestructuras que están en marcha en España, como tampoco para el servicio doméstico, por poner solo unos cuantos ejemplos, ya que son muchos los sectores y actividades que dependen de la población inmigrante para abrir las puertas de sus negocios. Todo ello, además, en un país que cuenta con 2.477.100 desempleados, según estima la EPA del cuarto trimestre de 2025. Como podrán recordar los lectores que lean habitualmente mi columna, no es la primera vez que dejo constancia de “mi asombro” ante tal contradicción: 2,5 millones de parados y no se encuentran trabajadores en muchos de nuestros sectores económicos.
El 1 de enero de 2025 —aún no se han publicado los datos del censo de 2026—, según el INE, había en España un total de 9.963.353 personas de origen inmigrado, lo que representa el 20,8% de la población. De este total, 6.412.828 eran personas extranjeras nacidas fuera de España; 3.051.382 son españoles nacidos en el extranjero y 499.143 extranjeros nacidos en España. Según su país de origen, el colectivo lo encabeza Marruecos (1.165.955), seguido de Colombia (978.041), Venezuela (692.316), Rumanía (521.181), Ecuador (468.751) o Perú (430.277). No en todas las comunidades autónomas es igual la proporción de inmigrantes residentes. Así, en Baleares son el 28,7% de la población total, seguida de Cataluña (25,1), Madrid (24,9) y Valencia (24,1). En el extremo opuesto encontramos Extremadura (6%), Asturias (11,4), Galicia (12,2) o Andalucía (13,1). Por provincias, el ranking lo encabeza Alicante (el 29% de su población es de origen inmigrante), seguida de Mallorca (28), siendo del 25% en Barcelona, Madrid, Almería y Tenerife; mientras que las demarcaciones provinciales con menor presencia de población foránea son Jaén y Córdoba, ambas con una proporción del 5% de su población total.
Conocida la realidad del fenómeno inmigratorio —que me perdonen aquellos a los que no le gustan tantas cifras—, la primera conclusión que cabe obtener es que la llegada de inmigrantes ha sido un factor clave para el mantenimiento del dinamismo demográfico de nuestro país. ¡Qué paradoja! España ha pasado de ser un país de emigrantes en los años 60 y 70 del siglo pasado, a ser capaz de acoger a casi 10 millones de inmigrantes. Más que paradoja, diría que es el producto del desarrollo económico y social durante las últimas décadas. No me caben dudas sobre los efectos beneficiosos de los flujos migratorios en la evolución de la economía española, habiendo tenido un papel decisivo con su contribución al crecimiento del PIB. Estos efectos se producen por el aumento del consumo de bienes, servicios e inversión, como también por su impacto en el tejido productivo. Sí, la incorporación de extranjeros al mercado laboral amplía directamente el potencial de crecimiento de la economía española.
¿Saben lo que más me preocupa? Que cada vez veo en la sociedad española más xenofobia —fobia, odio, y hostilidad hacia los extranjeros— y racismo —creencia de nuestra superioridad étnica sobre los que vienen de fuera—, según la RAE. Rasgos culturales que se incrementan cuando los gobiernos propician la regularización de los inmigrantes, pero que se amortiguan cuando se tiene que contratar a un extranjero para coger las aceitunas, las uvas o las fresas, para que trabajen en un bar o para que se incorporen a una empresa de construcción. Todo ello porque los 2,5 millones de parados —“españoles de pura cepa”— no están dispuestos a hacer algunos trabajos.