Hace unos días escuchaba una interesante conversación entre dos jóvenes menores de 20 años. Era un debate a dos voces sobre las diferencias entre su pueblo, donde viven, y una gran ciudad o, simplemente, cualquier ciudad. Las diferencias eran importantes y, en algunos casos, abismales. En el pueblo no hay centro comercial, ni siquiera un Zara o un Stradivarius. Tampoco hay un Starbucks donde los cafés son fantásticamente fantásticos. Todos esos argumentos llevaban a una conclusión: aquí, en el pueblo, no hay nada. En un momento de la conversación, una de las interlocutoras decía: “Bueno, tampoco está tan mal. Aquí podemos ir a todos los sitios andando y podemos quedar todas las tardes”. Poco más había que argumentar. Vivimos en un día a día marcado por el consumismo y por sensaciones rápidas e instantáneas. Pero, a veces, también se aprecian, aunque sean mínimas, las sensaciones y emociones que en el entorno rural nunca encontrarás en una ciudad. Podemos vernos todas las tardes sin coger el coche. Podemos tomar un café, aunque no sea de diseño, en nuestra cafetería de toda la vida, donde al entrar por la puerta ya saben si tenemos un buen o un mal día. La nada es, simplemente, nada. Pero a veces, en la nada, hay que aprender a levantar la tapa y mirar dentro de la esencia.