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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Todo viene de China, menos tú

En la actualidad, todo se confecciona en China, Taiwán o la India. A bote pronto, juraría que de esa quema solo se salvan los primeros romances de la adolescencia. Es imposible que esas manos que aprietan tanto y tan fuerte —y que sudan tanto y tan fuerte— provengan de allí. O esos besos de tornillo y esos restregones de palote. Imposible, completamente imposible que esos labios, que mientras se afanan en aprender a besar dan y reciben los besos más hermosos de sus vidas, hayan viajado apilados en el interior de un container y sorteado el control de aduanas. De China, Taiwán o la India podrán ser originarios los calzoncillos, las bragas, ¡los tangas!, los calcetines, los pantalones, las faldas, las camisas, las blusas, ¡los sujetadores!, las “zapas”, las babuchas y hasta las apps de citas, pero esos primeros escarceos que te trastabillan el discurso que llevas ensayando meses, aunque se circunscriba a un “Me gustas, me gustas mucho” y a un “¿Quieres salir conmigo?”, imposible, completamente imposible.

Luego, sin embargo, sucede algo que no se sabe muy bien qué es, pero que suele desbaratarlo todo. Sucede, por ejemplo, que las manos ya no sudan ni aprietan tanto y que incluso deciden liberarse de esas manos que —con tanto amor— tomaban para encadenarse a unos teléfonos que nos conducen a otros lugares en los que ninguna mano, absolutamente ninguna mano es de carne y hueso. ¿Habrá asunto más estúpido? Cuesta encontrarlo, ¿verdad? Pero sucede, todos sabemos que sucede a cada rato. También sucede —y también a cada rato— que permitimos que la rutina se aposente a sus anchas en nuestras vidas. Y al pronto, de un día para otro, nos descubrimos vencidos por un cansancio que frente a otra persona o en cualquier otra situación no existiría; o afectados por un dolor de cabeza o por un malhumor que, apenas unos minutos antes, no asomaban. Nos aburrimos, nada nos entretiene lo suficiente y de esa quema solo se salva lo que aún no poseemos, lo que aún no es nuestro: una quimera, la proyección de un presente que todavía no nos despacha, que ni siquiera nos conoce. Una mera ensoñación.

A cuento de su canción “Una de dos (o me llevo a esa mujer / o entre los dos nos organizamos / si puede ser)”, decía Luis Eduardo Aute en un concierto que en el amor —y probablemente en cualquier otro aspecto de nuestra existencia, me atrevo a decir yo— tratar de sentirse siempre en la cumbre no era una buena idea, porque los seres humanos tendemos a acostumbrarnos a las vistas que nos ofrece y a desear escalar hasta otras cumbres que nos brinden nuevos paisajes. Y que entonces, una vez metidos en faena, resultaba muy fácil entrar en bucle; como el tonto que coge la linde, una cosa así.

Si seguimos a pies juntillas este diagnóstico, parece que hemos de asumir una gran dosis de conformismo. Pero no creo que Aute fuera por ahí. Justamente a él soy incapaz de imaginármelo postulando por la resignación del deber de habituarse a convivir en un triste páramo. Y supongo que a lo único que nos invitaba era a tratar de escapar del absurdo que supone empecinarse en percibir las emociones como si siempre las estuviéramos experimentando por primera vez. La convivencia, por más que nos pese, trae recibos, lavadoras, silencios, domingos por la tarde y discusiones sobre quién olvidó comprar el detergente. Y claro, ante semejante colección de epopeyas domésticas, es muy normal que el amor pierda buena parte de su maquillaje. Lo raro sería lo contrario, que cada mañana desayunáramos como quien contempla un eclipse solar. ¿Alguien de ustedes soportaría semejante grado de intensidad? En mi opinión, acabaríamos todos medicados o muertos de agotamiento.

En fin, imagino que nos han vendido tantas veces la idea de que amar consiste en arder que, cuando dejamos de hacerlo con absoluto estrépito, demos por concluido el amor y olvidamos que son precisamente esas brasas las que nos permiten cocinar, calentarnos y sobrevivir a los duros inviernos.