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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Todo lo demás es humo

Hacía un mes que no me ponía un cigarro en la boca. Se lo había prometido a alguien. En alguna parte había leído que esa clase de compromisos servían para construir una suerte de dique anti fracaso y se lo había prometido a alguien que hoy, sin querer, me devuelve una promesa rota. Alguien importante que —también sin querer— se había hecho ilusiones. Ilusiones así, en plural, como esa bandada de pájaros que, de pronto, cruza el cielo sin una intención clara de dirigirse a un sitio concreto. Un mes con treinta logros y miles de renuncias que, pese a que una extraña ansiedad me inducía a vivir corriendo, parecía haberse quedado varado en el día 1.

Una noche, hacia la mitad de ese camino o de ese calvario —así lo vivía—, alguien me preguntó cómo lo llevaba y, sin dudarlo, le respondí que bien para que alguien —ese alguien—, pudiera verme alguna vez como Hércules. Y funcionó, porque rauda, también sin dudarlo, alguien respondió entonces que se sentía orgullosa, orgullosa como la madre que deja a su vástago llorando en la puerta del colegio y, años después, lo recibe llorando tras licenciarse en ingeniería aeronáutica. Probablemente en ese preciso momento fue cuando todo comenzó a torcerse, porque alguien dio el asunto por hecho, por concluido, por prueba conseguida, por página pasada y ya nunca más volvió a sacarlo a colación. ¿Dónde quedaban mi gesta, mi proeza, sus aplausos, sus felicitaciones, sus “venga, que tú puedes”, su comprensión hacia mis nervios especialmente desatados?

Otra noche, como si tal cosa, le dije a alguien que me apetecía un pitillo. Acabábamos de cenar rico, muy rico; acabábamos de servirnos los restos de la segunda botella de vino. Era sábado. Se avecinaba un domingo hermoso, sin planes. Era casi imposible —así lo entendía— concluir la velada sin un cigarrillo, sin un mísero cigarrillo. Era un sacrilegio, un completo sacrilegio. Se rio de mi ocurrencia, así la entendió. Y pasó a otro tema como si tal cosa. Insistí. Esta vez, fingiendo dar una larga calada, llevándome los dedos índice y medio de mi mano derecha a los labios y exhalando aire. “Déjalo ya”, me pidió. “¿Por qué?”, le repuse, “¡Es solo aire!” “¡Porque sí!”, concluyó, justo antes de besarme en la boca.

Amaneció raro, al menos para mí. Alguien había hecho café y tostadas. Alguien sonreía y parecía tan feliz como esa bandada de pájaros que encuentra una laguna en la que detenerse a reponer fuerzas tras haber cruzado El Estrecho. Nos besamos, pero ya no como la noche anterior; nada que ver, con mis labios prietos y mi ánimo cansado. No ayudaba la falta de planes. De pronto, se me antojó que era un domingo con cara de lunes. Un domingo largo, el domingo más largo del mundo. Necesitaba un cigarro, un cigarro que me devolviera la alegría de un viernes. Lo dije, no me lo callé. Y alguien me convidó a salir a dar un paseo, a pensar en otra cosa. Salimos y el paseo nos condujo hasta una vertiente del río en la que alguien propuso que nos quedáramos a vivir, esa clase de locuras que el paso del tiempo se afana en echar abajo. Quise preguntarle si me quería. Quise decirle “Te quiero”. Quise fumarme un cigarro. Maldije el vicio, sacudí la cabeza para que se fuera. Se fue durante un minuto que alguien, de haberlo sabido, habría tildado de bienaventurado.

Regresamos por la otra vertiente del río. Y ya en casa, alguien se metió en la ducha y yo saqué de un escondite al demonio y me asomé a la terraza. Definitivamente era un domingo hermoso, con su cielo azul, sus cuatro o cinco nubes esponjosas y su bandada de pájaros cruzándolo. Quise, al mismo tiempo, encenderlo y arrojarlo al vacío desde esa altura. Quise borrar el día que me eché a la boca el primero; descuartizar cada calada, aunque ello conllevara que se esfumaran grandes momentos, grandísimos momentos. Quise que alguien volviera a preguntarme cómo lo llevaba y contarle la verdad: que esto lo escribo fumando y que solo temo que deje de quererme, porque yo la quiero más que a nadie y porque todo lo demás es humo, maldito humo.