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Toda azul

Estos días en que el agua sale hirviendo de las mangueras serranas, hacemos verdaderos juegos de ingeniería doméstica para soportar las altas temperaturas, estar a remojo y renovar el agua de los botijos. Imposible estar en las azoteas a la hora en que Valle Inclán pudo capturarlo: “La tarde había perdido sus oros, y era toda azul”. Solo al amanecer y cuando el malva somete la disciplina de cada día entre los visillos, podemos habitar los exteriores, fumarnos tranquilos frente al horizonte ese cigarrillo con la camisa abierta y el tamo del sopor confinado en los párpados. El aire entra en los metales como los líquidos en las fraguas adormecen la sublevación del fuego. Los gatos advierten la presencia del roedor y van a las ramas donde la noche es témpera de sonajero, la realidad camuflaje y las palabras baraja de crupier que entrega en manos perdedoras las cartas de mayor valor en una timba de fulleros.

Toda azul la España nuestra que poco a poco va reorganizando el casino después de años de dispendio en derechos y ayudas. Pensábamos que siempre la bolita iba a caer en el número apostado, pero en plena ceguera de éxito, se acabó la fiesta y todas las fichas del todo o nada fueron regresando ordenadamente al cajón de salida y abandonamos los terciopelos más desvalijados que cuando fuimos invitados a participar en las ruletas, arriesgar nuestro botín donde pensábamos que lo hacían los poderosos, guiñar el ojo a los artífices del teatro creyendo que no iban de farol y que ponían verdaderamente la felicidad civil en el número mágico de un azar favorable.

Pero ya hemos comprobado que no. Que entre unos y otros arrojan a la ciudadanía a un difícil escenario del que cada vez será más complicado retroceder. Algunos ingenuos creíamos que los resultados de las últimas elecciones andaluzas habían coronado cierta inteligencia demoscópica que nos situaba en un curioso paradigma que hubiera zarandeado la conciencia del país hacia la fractura de esa inercia ultra a la que parece abocado. Por un momento, acaricié la idea de que esa pulsión moderada con que Juanma Moreno interpeló a las fuerzas progresistas, para no ceder al lío con VOX, iba a ser generosamente recogida por la bancada socialista ofreciendo al candidato la abstención a su investidura a cambio de un buen pacto en el que Moreno Bonilla comprometiese su gestión a restituir el daño a los servicios públicos, en especial la Sanidad y Educación, con un calendario de inversiones y seguimientos. Gesto inédito, en este tiempo sin reglas, de quien realmente cree en los fundamentos de la democracia para hacer valer la posición que le han otorgado los ciudadanos. Sea como fuere, si el candidato popular hubiese aceptado, el ala más dura del equipo de Núñez Feijóo sostendría con dificultad lo inevitable de su radicalización ultra y la ciudadanía habría entendido el sacrificio por salvar las instituciones de la propaganda fascista que ahora se va a agitar con los dineros del turismo, que es mucho en nuestra Andalucía, y ya veremos, ya, cómo acuden las moscas al panal. Si, a pesar de todo, Juanma hubiera preferido apostar por la prioridad nacional y la privatización de los bachilleratos, le habrían quitado la careta de afligido promitente comprometido con los derechos humanos y eso que pregonaba como “vía andaluza”. Pero la tarde hace tiempo que perdió sus oros y a día de hoy estamos como estamos.