Hay libros que no se escribieron para entretener, sino para salvar del olvido aquello que el tiempo habría ocultado. Desde las tablillas de arcilla de Mesopotamia hasta los manuscritos ocultos en monasterios medievales, cada página conservada ha sido un acto de resistencia contra la oscuridad. Como recuerda Irene Vallejo en El infinito en un junco, la historia de la humanidad también es la historia de quienes protegieron las palabras para que otros pudieran seguir avanzando. Gracias a esos libros heredamos ciencia, filosofía, memoria, belleza y preguntas. Somos, en cierto modo, hijos de una inmensa biblioteca levantada por generaciones que jamás llegaron a conocernos. Cada autor añade apenas una piedra más a ese edificio infinito. Hoy, 15 de mayo, se cumple exactamente un año de la publicación de El verdadero nombre de Dios, mi humilde aportación a ese legado de tinta y memoria que acompaña al ser humano desde hace siglos. Una novela nacida en las calles antiguas de Jaén y escrita con la secreta esperanza de que alguien, algún día, encuentre en sus páginas una emoción, una duda o una verdad que merezca permanecer. Porque los imperios desaparecen, las ciudades envejecen y los hombres mueren; pero un libro abierto sigue conversando con el futuro.