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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Tiempos de reflexión

Nos encontramos fechas y procesos ideológicos que, alejados de cualquier nostalgia, nos agarran fuertemente a nuestro inmediato andar. Como diría Cela, al del que va saltando. Sí, de pronto, parecería que todo se conmueve merced a un concepto de estructura social que agoniza. Sin embargo, esto y aquello se corresponde con un espíritu repetidamente cuestionado que, durante siglos, viene mostrando un mapa para la convivencia colectiva, cierto que sostenido por lo que aún llamamos espíritu y pulsión de occidente. Un corpus de hechos y pensamientos procedentes de Roma, pero también, y antes, de aquella Grecia en la que floreció un concepto de humanismo cuya solidez envolvía cuidadosamente los gérmenes de una patología absolutamente depredadora en nuestros días llamada cleptocracia. En fin, un virus, depredador, cuya generalización puede afectar a cualquier sistema democrático. Aún con todo, aquellos orígenes de Europa, tan orgullosamente sostenidos, no dejan de servirnos de freno ante la pujanza de una mundialización impulsora de métodos para fomentar una inercia que, parafraseando a Zygmunt Bauman, más que líquida, se nos dibuja liquidadora.

Gobiernan a golpe de click sin otra reflexión que aceptar un mensaje encriptado, lindero con aquella física cuántica tan celebrada otrora, incluida la crítica de arte más pomposa. Mera ausencia del nervio reflexivo de una Europa que permite modelos diferentes para contemplar cualquier esfera cargada de principios que afecten de modo positivo al concepto de persona. Digámoslo así, modos que, trenzados con el teatro y llevando éste a lo universal, conducen al “gran teatro” de Calderón, difundido mediante diferentes maneras de representación en escenarios, entre los que no han de faltar las principales plazas de los pueblos de España, incluida la de Santa María, delante de cuya fachada trazada a modo de retablo por Eufrasio López de Rojas, los comediantes gustaban representar su farsa, soberbiamente dirigida por el granadino José Tamayo.

Tal es la fuerza popular y tal el empuje procedente de nuestros pueblos, en un transitar arropado por el discurso laico, pero también religioso, vía Roma. El anterior, deudor de aquel laberinto, armado de razón merced a un claror en el que aún parecería posible avivar un aliento de humanismo. Término tantas veces utilizado para encubrir dislates de turbias, cuando no graves, consecuencias para aquella Europa procedente del mítico rapto que Rubens visibilizó con sus pinceles: aquella doncella fenicia, subida sobre el toro blanco que suplantaba a Zeus trasladándola hasta Greta. Solar y raíz de una civilización que ha conformado un modo de vida edificado sobre pilares, hoy con fisuras considerables, debido a la soberbia de un poder que, a la sombra, quita y pone gobiernos, sin olvidarse, llegado el caso, de arrogarse un poder suficiente para derribar cualquier pueblo o civilización por milenarios que esta o aquel pueda ser.

¿Sentencia...? O, con esperanza, mera treta que, efectivamente, nunca hasta ahora ha sido utilizada de modo tan descarnado y, sin embargo, tan efectivo a la hora de ilusionar a quienes todo cuanto ha de acaecer es formulado partiendo de las ciencias experimentales. En cualquier caso, nunca hasta ahora, la amenaza había sido tan directa y eficaz a la hora de difuminar los verdaderos fines víricos de esta pandemia. En fin, un pulso desigual cargado de intereses bastardos, procedentes de una estirpe de sujetos insociales. Maestros en fomentar tsunamis, hijos de cualquier aguacero. Personajes, con humos de internacionalidad, puestos al servicio de una plétora de adoradores de un poder a la sombra. Lobbys a quienes les dejó de interesar el becerro de oro. Ahora, más codiciosos, persiguen el oro del becerro. Aquellos deudores de Gutenberg, sin rubor alguno, se han trasladado al territorio de lo tecnológico, avalado por los nuevos avances y cualquier moneda fuera de control. En fin, por todo cuanto pueda transformarse y someterse a la sombra de ese lugar umbroso donde todo pueda ser posible. Sí, no lo dudemos, máscaras con poder suficiente para fomentar el desahucio de cuantas escuelas de pensamiento pretendan quebrar la fuerza conductora de su verdadero ideario, centrado en borrar cualquier espacio con atisbos de tradición.

Esto es, a esa o a esta mítica fuerza que debería encontrarse con el Teseo adecuado para derrotar al perverso Minotauro. Daría igual, este o aquel laberinto, incluida la posibilidad que no estuviese diseñado por Dédalo. En fin, cabe la sospecha que nos enfrentamos a un nuevo rapto de Europa. No, al menos no a lomos de un toro blanco. Esta vez, el morlaco es de pelo agrisadamente oxigenado, coronando una hechura desaliñada, dañina y zafia, cuyo caminar está protegido por un nuevo poder, surgido y agazapado en torno a unos valores desarrollados merced a la ciencia y al ideario incombustible de Silicon Valley.