Teruhiro Ando, Premio “Ollero”

    23 mar 2026 / 08:31 H.
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    Los catálogos del Instituto de Estudios Giennenses editados con motivo del Premio Internacional de Pintura “Emilio Ollero” marcan una elevado respeto por cuantos artistas participan en el referido certamen. Por cuanto se refiere a los más recientes, denotan tan alto cuidado editorial como puedan tener otras publicaciones dedicadas a igual o semejante menester, en todas las autonomías españolas. Reparar en las casi 100 páginas del catalogo correspondiente a 2025, advierte enseguida del mimo y la profesionalidad de cuantas personas intervienen en un proyecto que, el siguiente año, ha de cumplir cuatro decenios. Cinco años menos de los que comprende la andadura de ARCO.

    Un largo periodo de exposiciones (39) que marcan una trayectoria en paralelo con las poéticas de los últimos cuarenta años. Pues bien, el más reciente reproduce en su portada el cuadro de la serie: “Ausencia da sentido a la existencia, XXVI”. Pieza de una serie de Teruhiro Ando, a la cual corresponde también la tela que, recientemente, ha obtenido en Madrid el premio, “Reina Sofia”, otorgado por la Asociación Española de Pintores y Escultores. Exposición que estos días puede verse en el Retiro, “Casa de Vacas” Madrid. Con todo, ¿verdad?, ahora nos referimos, al cuadro que ilustra estas acotaciones entorno al Premio de Pintura “Emilio Ollero” 2025. Colores acrílicos sobre lienzo (algodón y lino, 180 X 146) de Teruhiro Ando, Kagawa, Japón, 1962, a quien le correspondió el primer premio del XXX1X Premio Jaén de Pintura “Emilio Ollero”.

    Licenciado en la Universidad de Bellas Artes de Tama y Académico Correspondiente de la Real Academia de Toledo, el artista cuenta con una densa biografía que, junto a galardones como el Premio BMW correspondiente a la convocatória XII, El del Salón de Otoño de Madrid... A la hora que corre, el plástico japones cuenta con una docena de los premios más reputados de cuantos se otorgan en España, pero también, y esto es lo que de veras importa en pintura, cuenta con un modo de hacer, lo digo en argot profesional, absolutamente personal. Tal es lo que, entre otras cosas lo distingue y lo afirma como un pintor que no ha olvidado rastrear con la mirada, desde la indagación geométrica anidada con fortuna en el Renacimiento, hasta el concepto cubista más polivalente, incluidas otras percepciones conceptuales procedentes del trampantojo y, de un modo notable, cuentan en el que hacer actual de Terihino Ando más de lo que pueda parecer. Cosa diferente es su percepción del espacio repetidamente secuencializado y, de otro lado, el rigor casi metafísico del objeto plástico y virtual construido por el pintor. Pulso, en fin, que nos conduce a esos lugares de evocador silencio creados como reflejo de la poética más cabal de un artista, cual es, decíamos, Teruhiro Ando. Un contemplador que, de algún modo y dado el rigor de su hechura, tranquiliza tanto como puede inquietar con la serenidad de su más que cuidada pintura en la que no queda sitio para la huella del pincel.. Esto es, contemplada desde aquello que afecta a una limpidez conceptual que se deja ver como el contrapunto más inmediato de una sociedad tan contaminada como, sin obviar la española, la que viene amenazando la existencia de las grandes ciudades del siglo XX. Mero reflejo de la más abultada modernidad. Lugar y lugares de enormes bloques verticalizados donde solo puede habitar una desmemoria mordida por la ola de la sinrazón y el slogan de lo moderno devenido de una aparente neutralidad de discurso que ofende. Tiempo de amnesia colectiva y de un capitalismo desmesurado que construye para una masa de snob en busca de una identidad que, a nuestro modo de ver, no tiene .

    Ciudades, en fin, de muy marcada verticalidad que, entre otras urgencias, parecerían reclamar espacios con mayor vocación horizontal que, a nuestro modo de ver, cuadrasen mejor con las obras de Teruhiro Andó. Un regusto de modernidad que no deja de contar con referencias precisas en cuanto hace a la simetría geométrica que las sustenta y las singulariza sin que esto se note demasiado. Tierras manchegas , por lo demás, en las que ahora habita el propio pintor que, en consecuencia, parecería habitar en ellas su obra de reflexivo oriental. Un oriental que no desea despojarse de su universo nativo. Cierto que a nuestro ver, trasversalmente intervenido por la poética de la Europa menos contaminada de impurezas barrocas, cuya poética más sensible no renuncia a las naturalezas muertas del siglo XVII. Zurbarán padre, por ejemplo. Al cabo Oriente y Occidente vertebrados en un espacio de vocación dual en cuanto hace a forma, pero también con un espacio vacío, cuyo correlato geométrico parte de la ilusión óptica que nos puede remitir a un trampantojo no exento de ciertas advertencias que enseguida dan cuenta del concepto que propone en su quehacer este artista que, efectivamente, conoce perfectamente los sistemas de representación espacial, incluido el cónico. De aquí, sus guiños a un sentido de trampantojo que, entre otros lugares, podemos visitar en obras de, no se nos asombre el lector, Vanden Weyde, cuyas figuras representadas mediante claroscuro, parecen estar introducidas en urnas. Y es que, efectivamente, no todo lo que reluce en arte tiene orígenes renacentistas.

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