Tempus fugit

    11 abr 2026 / 18:18 H.
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    Para tomar unas tapas a las dos de la tarde, tienes que estar en el bar antes de las doce. Si se trata de ir a un restaurante, la reserva se tiene que hacer con semanas (o meses) de antelación. Para cualquier gestión en el banco, tienes que pedir cita previa, igual que para renovar tu licencia de pesca. Si vas a coger un avión a Roma tienes que estar en el aeropuerto con muchísima anticipación, convirtiendo un vuelo de dos horas en una pesadez de siete. Comprar una entrada para un concierto dentro de un año te obliga a emplear una mañana aporreando el ratón del ordenador para acceder a una enorme y virtual sala de espera. Pues yo me he hartado. Se acabó. A partir de hoy, conmigo que no cuenten. No hago colas ni reservas ni pido citas previas ni leches en vinagre. Me niego a participar en ese cruel juego impuesto por intereses y normativas, que me obliga a saber lo que me va a apetecer en el futuro, tanto inmediato como lejano. Que me dejen en paz, que el sábado lo mismo no se me antoja salir o me acuesto a las seis de la mañana, qué sé yo. Nadie quiere correr riesgos, todo el mundo anhela seguridad, no hay lugar para la improvisación en el ocio, qué aberración. No puedo permitir que otros controlen mi tiempo, que me lo pierdan. Es lo único que tengo. Y siempre es poco.

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