Soñar la suerte

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Ya mismo está el soniquete de los niños de San Ildefonso cantando la Lotería de Navidad. Siempre he tenido este día como comienzo de estas fiestas. Los bombos de la suerte dispuestos para repartir mañana esa lluvia de millones que año tras año llega. La diosa fortuna es pícara y caprichosa. Se detiene donde quiere y elige con sus ojos vendados a voleo, sin favoritos ni devoción. Pienso que todo aquel afortunado que reciba un premio Gordo debe quedarse frío al instante. Aunque el Maná caído del cielo se recibe con los brazos abiertos. La alegría y zalemas bullen. El dinero siempre es bien recibido. Tiene el don de no estorbar, es un huésped que no molesta, aunque se tenga en demasía. Para entender este entramado de juegos de azar tendríamos que trasladarnos a la España de La Ilustración. Corría el año de 1759, el buen Rey Carlos III, tercer hijo de Felipe V, y tras la muerte de sus hermanastros Luis I, y Fernando VI, sucesores sin descendencia, pasó él a ocupar el trono español, como Carlos III, el rey sensible y justo. Bajo sus órdenes, el Marqués de Esquilache pasó a ser secretario de Hacienda. Por motivos varios y las arcas vacías, el ingenio tomó su terreno y fraguaron ideas de acá y de allá hasta que nació la lotería.

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