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Solo querer nos salva

Solo dejamos de matar especies que están en peligro de extinción. Solo por no privarnos de su avistamiento y por si, en un futuro, pudieran servirnos para algo. Solo nos preocupamos del mar cuando le come centímetros a nuestra tierra o cuando se calienta y nos llueve con demasiada fuerza o no nos da los peces que deseamos. Solo nos valen los hombres y las mujeres que tienen sus manos ocupadas en nuestras necesidades y solo si asienten o se callan, si obedecen a pies juntillas. Solo nos debemos a nuestra patria. Solo nos debemos a nuestro pueblo. Solo nos debemos a nuestra familia. O solo cuando nos sobran unas míseras migajas somos capaces de pensar en otras patrias, en otros pueblos, en otras familias, en otras necesidades. Solo dividimos con los nuestros. Solo lo nuestro es indivisible, indisoluble, impoluto. Solo por el placer de ver crecer nuestra fortuna, solo por sentirnos más ricos, más poderosos, más importantes. Por ese chasquido de dedos que atrae —raudos y afables— a otros menos ricos, menos poderosos, menos importantes. Solo los ladridos de nuestros perros no resultan molestos. Solo nuestros gatos no arañan los muebles. Solo la paz de nuestra casa prevalece sobre la paz mundial. Solo si cae uno de los nuestros estamos en guerra, ¡en guerra! Solo les decimos “Te quiero” a quienes nos quieren. Solo cuando estamos completamente seguros de que alguien nos quiere nos empecinamos en usar el arma de acallar que el sentimiento es recíproco. Solo el verbo querer debería ser más que suficiente para que nos entendiéramos. Solo mi boca sobre tu vientre, solo mi boca sobre tus senos, solo mi boca sobre tu boca, mi boca sobre tu sexo. Solo mientras suena nuestra canción recordamos otras canciones. Solo nuestros errores merecen el perdón. Solo nuestra cabra tira al monte. Solo mi abrigo ha de quitarte el frío. Solo me gustaría verme de vez en cuando, probando esa libertad que otros elogian, la libertad que se abre y se cierra como un paraguas, la libertad que se lleva el viento en cuanto echo en falta la orilla de nuestra cama. Solo a Luis Eduardo Aute le prestaría tu cuerpo desnudo, solo para que vuelva a cantar “Anda”, solo para que vuelva a andar como Lázaro, solo para que vuelva a sentir lo que sentía. Solo rendimos cuentas cuando nos pillan. Solo claudicamos cuando nos vencen. Solo a ti te pediría otra oportunidad, ¡la enésima! Y solo a ti te la daría. Solo los pájaros vuelan. Y solo lo hacen porque no saben que son pájaros, porque no saben que vuelan. Solo por regresar al tiempo en el que fuimos muy felices, muy, muy, muy felices, persisto en este presente. Solo por esa esperanza que agoniza, por esa letanía, por ese Padre nuestro que está en los cielos. Solo te dije que me gustabas. Solo me respondiste que yo a ti también. Solo nos dimos un beso. Solo un beso bastó para desbaratar cualquier otra posibilidad, cualquier otro futuro. El beso que algunos días nos damos a regañadientes. El beso que cada noche sueño con dar en tu vientre. El beso que azota el viento, el beso de Judas y tu mordisco en mi clavícula y mi arañazo en tu espalda. Solo el verbo querer merece la pena. Sí, solo por vernos querer merece la pena este azaroso camino. Querer al negro que cruza el desierto. Querer a la negra que cruza el desierto. Quererlos como tú y yo nos queremos. Sin besos en el vientre, pero como tú y yo nos queremos, ¡como tú y yo solo nos queremos, amor! Querer el mar en el que no se divisan barcos. Querer el mar que nunca nadaremos. Querer que se multipliquen los peces, que Aute vuelva a cantarnos “Anda, quítate el vestido, las flores y las trampas”. Querer la solución mágica, el mágico destino de descubrirnos, al fin, usando el plural como norma. Querer mantas para la noche, mantas para todo el mundo todas las noches. Querer la flor de tu sexo en el último segundo y revivirlo todo el tiempo, ¡todo el tiempo, mi amor! Querer otro universo en el que el mero hecho de que alguien pueda sentirse solo nos incite a mover un músculo que nos conduzca a su encuentro.