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Sobre el enchufe

Todo el mundo entiende que uno haga lo posible para que a su familia le vaya bien. Si puedes echar una mano a un hijo, a un sobrino o a un hermano cuando busca trabajo, lo normal es intentarlo. Faltaría más. La cuestión está en que hay unos límites y unas formas, sobre todo cuando andamos en lo público. En otros tiempos existían las cartas de recomendación. Quien recomendaba a alguien ponía su prestigio y hasta su propia cara sobre la mesa, respondiendo de la valía del recomendado, y si luego resultaba un incompetente, el descrédito alcanzaba también al recomendador.

El enchufismo no es ninguna novedad, aunque eso no lo hace menos inmoral. Lo que quizá sí sea nuevo es la tolerancia con la que empieza a contemplarse. La actualidad está pendiente del llamado caso del hermano del presidente y de las consecuencias políticas que pueda tener. Sin embargo, quizá la cuestión más importante sea otra: Lo que este caso nos resuena sobre una práctica mucho más extendida de lo que nos gustaría reconocer. La prueba está en como algunos llegan a usar como argumento defensivo el consabido “y tú más”.

La sentencia debería servir para hacernos algunas preguntas incómodas. No solo sobre ese caso, sino sobre todos en general. ¿Cuántas veces hemos visto situaciones parecidas mucho más cerca de nosotros? ¿Cuántas veces las hemos terminado aceptando porque el beneficiado era “de los nuestros”, porque pertenecía a nuestro partido, a nuestro sindicato, a nuestra administración o simplemente era amigo o conocido? El enchufismo nos escandaliza cuando sale por televisión, pero con demasiada frecuencia deja de hacerlo cuando llama a la puerta de nuestras administraciones más cercanas. Porque da exactamente igual da que ocurra en Badajoz que en Jaén; que el beneficiado sea el hermano de un presidente o un exalcalde en paro; que medie un apellido conocido o simplemente unas siglas compartidas.

Lo que se ha condenado esta vez no es ayudar a una persona, sino crear un puesto pensando previamente en ella, adaptándolo a su perfil, en lugar de responder a una necesidad real de la institución y seleccionar después al mejor candidato. Enchufar ya está mal. Hacerlo además con semejante descaro es aún peor. Pero todavía resulta más preocupante la reacción de quienes, en lugar de condenar esas prácticas, prefieren desacreditar a los jueces que las juzgan o a quienes tienen la obligación de investigarlas. Todos los toreros saben que no vale echarle la culpa al toro cuando te coge.

Quizá no sea “lo del hermano” el mayor problema del partido gobernante. Tiene otros asuntos de mayor envergadura pendientes de aclarar. Pero el enchufismo rara vez viaja solo. Suele formar parte de una manera de entender el poder, en el que las instituciones dejan de contemplarse como un patrimonio de todos para ponerse al servicio del partido o de los que ostentan el ejecutivo en cada momento. Las leyes son las mismas para todos y no están para proteger a los gobiernos, sino para proteger a los ciudadanos frente a los gobiernos. Cuando una sociedad deja de escandalizarse por el enchufismo, la cuestión no es ya solo que alguien consiga un puesto sin merecerlo; el verdadero problema llega cuando normalizamos el desprecio por las reglas que garantizan la igualdad de oportunidades, la limpieza de los procesos y la calidad de los servicios que entre todos costeamos.