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Sin pensar

Hoy he decidido dejarme llevar. No imponerme más límites que los caracteres exigidos para que esta columna quepa en esta página. No voy a medir mis palabras, no voy a reprimir loas o bufidos, ni voy a censurar lo que mi mano pergeñe, desoyendo a mi cabeza. Voy a fluir, abandonarme hasta el mareo, que, como todo el mundo sabe, es primo hermano de la muerte. Esto va a ser como una meditación sin silencio, en la que los pensamientos no se detienen para germinar en una idea. Juntar palabras después de letras, en lugar de hacer garabatos en mi libreta de notas ajada por el manoseo y el tiempo. No deseo opinar sobre nadie, sobre nada, y me da igual que otros me reprochen mi apatía por no aprovechar estas líneas para poner los puntos sobre las íes a cualquier hijo de vecino. Solo quiero flotar, navegar el tranquilo río de la existencia sin otra pretensión que concluir felizmente mi travesía. Mirar al cielo y fijarme en las nubes, imaginando que me echo una siesta encima de una de ellas... No, no puedo, la realidad se impone, debo hablar
de ella, pero me he quedado sin espacio, maldita sea.