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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Sin moral

Con Zapatero cae el último baluarte de la socialdemocracia. No sólo por su tráfico de influencias y su papel como facilitador, que en eso están todos los “ex” de la política nacional, sino porque su marca personal ha sucumbido a lo que él se suponía defendía: la moderación, el bien común y la sociedad progresista y bien pensante. Zapatero era un actor puro, que defendía su papel desde una posición clásica, casi anti-redes, lo que le valía tanta admiración como irritación. Esa figura casi anacrónica, que representaba el último bastión de una política antiliberal, solidaria e internacional. Pero era una actuación, detrás estaba un hombre obsesionado con el negocio, los “dinerines” fáciles y las joyas. Todo lo que él mismo denunciaba a la derecha era, exactamente, lo que hacía, como si se tratara de una aprendizaje inverso, un saber estar en el mundo de hoy. Y esto es quizás lo que más ha dolido a la izquierda, Zapatero suponía el último reducto, una suerte de promesa, de que se podía construir desde el Estado otras cosas. No sólo mercantilizar la escuela y la sanidad, era la promesa de la socialdemocracia moral europea: diálogo, laicidad, derechos, igualdad y respeto a la diversidad. No lo niego, me ha dolido lo de “Z”. Y seguramente, al presidente Sánchez más, es la gota que agota su proyecto. Y su mandato. Y su partido.