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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Siempre busco los números pequeños

Desde que descubrí que unas pizcas de jamón se cotizaban a cuarenta y ocho euros el kilo, cuando voy a comprar mi vista se dirige directamente a los números diminutos. Es aquí donde aparece el precio por kilo. Cuento con la ventaja de que veo perfectamente de cerca lo más pequeño y me encuentro con verdaderas barbaridades. Me parece muy bien que suban los precios porque también suben las materias primas, entre otras cosas, pero no se puede abusar del consumidor. Ya se está hablando en los medios de los “huevos de oro,” por la subida que están teniendo alimentos tan básicos como el huevo. De hecho, lo primero que pensé cuando vi el precio por kilo de las pizquitas de jamón, fue si a los cerdos les habían dado de comer en restaurantes de tres estrellas Michelin. Lo mismo que se hacen juegos malabares con el precio y el peso. Aparece el precio en números bien grandes y el peso al que corresponde en un tamaño que solo lo aprecias si te fijas muy bien y, además, tienes la suerte de verlo. No es justo. El consumidor se merece un respeto y cero abusos, porque ganar y disfrutar nos gusta a todos. Empezamos por ir reduciendo las cantidades y acabamos tomando por tontos a quienes no lo son.