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Si todo vale

La precampaña pre-electoral ha dado comienzo y lo ha hecho como suelen empezar últimamente estas cosas, dando la impresión de que todo vale. Hay que exagerar y, llegado el caso, mentir con una tranquilidad bastante notable. Una parte de la derecha parece haber decidido que la veracidad es un lujo prescindible cuando se trata de ganar unas elecciones. Y mientras, buena parte de la izquierda transmite la inquietante sensación de haber agotado su imaginación política y limitarse a advertirnos de lo terrible que será que ganen los otros. Lo curioso es que, en medio de semejante ruido, el campo de batalla resulta extraordinariamente pequeño, y todo se reduce a cuatro asuntos, enormes, sin duda, pero convertidos en simples artefactos electorales. La vivienda deja de ser un problema estructural para convertirse en promesa. La inmigración, en miedo. Las pensiones, en amenaza. Y la justicia, en argumento para explicar por qué los propios siempre tienen razón y los adversarios nunca. Así que, todo vale, pero dentro de un decorado sorprendentemente estrecho, lo que permite gritar mucho para decir pocas cosas. Y mientras partidos, candidatos, tertulianos y estrategas echan leña a una campaña que promete arder hasta el último día, por eso conviene recordar quién suele terminar dentro de la chimenea, la leña, al final, somos nosotros: los electores.