Un artículo de Juan José Téllez publicado en “Diario de Cádiz” me avisó del fallecimiento de Nadia Consolani (Venecia, 1939; Madrid, 2025) e inmediatamente también al recuerdo de Fernando Quiñones Chozas (Cádiz, 1930 – 1998), con quien permaneció casada Nadia hasta el fallecimiento del escritor. Cuadratura literaria afirmada desde su propio vitalismo, pero también de la ejemplaridad estética de Juan Ramón Jiménez, cuyo poema “Primavera”, en voz de Fernando, es una de las más altas cumbres de la poesía en lengua castellana. Con todo, un correlato habitado por periodismo, novela, poesía, y, claro es, por la aprehensión en aquellos templos del diálogo que Fernando tanto gustó observar: “silencio, estoy trabajando”. De otro modo, no es posible aquella “legionaria” de “Las mil noches de Hortensia Romero”. Novela finalista del Premio Planeta 1979, otorgado a Quiñones, seis años después de obtener el Premio Internacional de Poesía “El Olivo” por “Memorándum”.
Un libro que, de algún modo vinculó a Jaén a este gaditano, de nuevo finalista del Planeta, en 1983, con “La canción del Pirata”. Mas, en cualquier caso, ¿de dónde procede el prodigio literario de “Las mil noches de Hortensia Romero” si no procede del templo de ese vitalismo popular y andaluz entreverado con lo prohibido? Ciertamente, hay un Sur, más habitado por el pensamiento de ese Sur paradigmático y anterior, que Jorge Luis Borges dejó escrito en torno a la voz literaria de Quiñones. Voz destilada en un bregar, tampoco lo olvidemos, por los diferentes itinerarios que acunaron su literatura, hija de un verbo altamente musicalizado, pero también severo, procedente de su juventud como obrero portuario. Así sus registros en publicaciones y revistas que los amigos, anónimamente, respaldábamos por diferentes caminos. Textos apócrifos, de más que gozoso verbo sobre asuntos diversos pegados a ciertas noticias, incluidas las de corazón que el ingenio del escritor dictaba al Quiñones que Nadia amaba sin reserva hasta conformar el particular lugar de ambos. Alimento cuya cabal cuadratura con la España más sureña era tan evidente en Cádiz como en Madrid, adonde la sola presencia de Fernando, de pronto, adquiría una luz que enseguida merecía el respeto y la anuencia de los demás, incluida la de Nadia.
Ceramista, poeta, traductora..., madre de Marianela y Mauro. Ambos, hijos del matrimonio, también atraídos por Jaén. No tanto para intervenir en este o aquel acto, incluidos los de la Peña Flamenca, que también..., cuanto para visitar a Enio Consolani. Hermano de Nadia y, a la sazón, concesionario en esta ciudad de una marca italiana de maquinaria industrial dedicada al cultivo del olivar. Años, de otro lado, en los que la inauguración de las salas de grabado del Museo Provincial de Jaén, que concitaba el diálogo entre coleccionistas como Juan Montiel, consolidaron relaciones como la de, Dimitri Papageorgiou, Manuel Urbano..., y en cuyo horizonte se contemplaba construir, no lejos de la ciudad, un reducido grupo de viviendas, que no chalets, por personas afines al mundo del arte, entre las que figuraban Fernando Quiñones y Ennio Consolani, que no llegaron a puerto. Sin embargo, el matrimonio continuó visitando Jaén, como ciertos jiennenses visitamos su domicilio madrileño, situado en la Calle María Auxiliadora, justo en el piso superior al que habitaba otro gaditano ilustre: Caballero Bonal, tan cuidado de modos, como afilado de palabra, en contrapunto con la elocuencia absolutamente directa de Fernando. En cualquier caso, dos andaluces que, desde 2025, la otrora Ciudad de la Corte distingue y reconoce con la placa que figura en el edificio donde ambos escritores vivieron. Dos modos de escribir, pero también dos modos de pensar y de hablar de un modo en el que la palabra, además de ser idea, es música del Sur con recompuesta finalización y más que sutil acabado.
Con todo y, en fin, una amistad llegada de mano de Manuel Viola, pintor poeta y oculto flamencólogo, a quien, ante la necesidad de un compañero instalado en la siempre insegura vida del arte, enseguida rescataba de su estudio de Río Rosas o del Escorial alguna de aquellas telas de gallos que pronto encontraban postor en aquel Madrid que cruzaba del decenio de los sesenta al de los setenta del pasado siglo. Esto es, cuando Fernando Quiñones, pasadas las cuitas con aquel dandi de tranvía madrileño que fue Umbral, contaba en la ciudad como una de las plumas más sólidas y respetada de la literatura española, cuya sensibilidad había fundado en el Cádiz de los cincuenta la revista literaria “Platero” y, en el de 1968 “Alcances”. La primera, su inicial empeño de juventud, para el que buscó un logo excepcional: un burrito delicioso dibujado por el formidable pintor murciano Ramón Gaya que, sin otro ejemplo ni matiz de mi parte, llegó a manos del poeta jiennense Manuel Urbano. El segundo, todo un corpus misceláneo de cine, literatura, pintura, música clásica y flamenco, con raíces que bebían en la fuente de sus predilecciones. Reflejo, en fin, de su obra y de su voz que, sin conocer de quien se trataba, Borges la reconoció de un español y, enseguida, de un andaluz. Efectivamente, de un atento arqueólogo del vivir en Cádiz, que obtiene el Premio de Investigación de la Semana de Estudios Flamencos de Málaga, en 1964, autor de “¿Qué es el flamenco?” (1992) y que sostiene entre 1965 y 1977 en Televisión Española un programa dedicado al mismo género.