Una bufanda empieza mucho antes del frío. Mientras Ana me explica cómo se prepara un telar con setecientos veinte hilos, intento imaginar los dedos llevándolos uno a uno hasta su sitio, la espalda inclinada, la luz cambiando de lugar en las ventanas a medida que avanza la mañana. Aún no hay una prenda que ponerse y ya se ha entregado una parte del día, como quien prepara una casa para alguien que todavía no conoce.
Habíamos llegado a El Pilarillo, la casa forestal de Orcera donde Ana y Francis viven y han levantado su estudio de creación textil. La sierra estaba allí mismo, en los pinos que rodean la casa, en el olor a resina, en la luz que entraba en el taller. Todo limpio, recogido, dispuesto. Después, al comprender cómo se trabaja, aquel orden empezó a parecerme una forma de anticiparse a lo que podía salir mal: un hilo cruzado, una tensión desigual, un error escondido que Ana corrige siempre antes de dar la pieza por terminada.
El telar reclama el cuerpo entero. Los pies abren paso, las manos conducen la lanzadera, el batán acerca una pasada a la anterior, y entre esos movimientos repetidos va apareciendo algo que un día descansará sobre unos hombros. Pero antes ha habido que elegir la fibra, calcular cuánto ocupará, dibujar la estructura, preparar la urdimbre. En los cuadernos de Ana quedan las cuentas, las pruebas, lo que habrá que intentar de otra manera. Miraba aquellas páginas y pensaba en cuánto trabajo llevaban ya los paños que todavía no existían.
Ana llegó a este oficio después de casi catorce años en la empresa privada como graduada social. Comenzó con un curso breve, su primer telar y un libro técnico; desde entonces sigue aprendiendo a fuerza de estudio, de práctica y de preguntas que abren otras preguntas. De su madre, costurera, traía la atención a los acabados, y de su abuela una enseñanza: nadie se fijaría en cuánto había tardado, sino en lo bien que estaba hecho. Cuenta que, al principio, incluso contaba las vueltas que daba a los hilos para torcer los flecos. Ahora la mano sabe. Hay años de aprendizaje en esa pequeña seguridad de los dedos.
Al hablar de su trabajo, Ana insiste en el plural. Francis y ella diseñan, preparan, tejen y deciden. Sus diseños y estructuras cambian continuamente; en cada pieza, Ana busca la simetría y conserva las medidas de cada variante, mientras Francis alterna sus longitudes con mayor libertad. Comparten también esa manera de mirar que hace entrar la sierra en sus creaciones: la luz que pasa entre las hojas de los pinos puede convertirse en los claros de un chal; una semilla de clemátide, en el comienzo de una bufanda. El paisaje les acompaña cuando vuelven a inclinarse sobre el telar.
Ana se emociona al recordar la fotografía del Grupo Folclórico Lola Torres con las faldas y los mandiles cuyo tejido habían reproducido. Había sido necesario estudiar la tela antigua, encontrar la fibra, ajustar la densidad, respetar cada franja para que el paño tuviera el mismo aspecto y la misma caída. Después de tantas cuentas y tantas pruebas, allí estaban las mujeres vestidas con su trabajo. Hasta entonces habían tenido delante un tejido; ahora podían verlo continuar en la vida de otros.
Quizá por eso me cuesta pensar en uno de esos paños reducido a una cifra. Rara vez encontramos piezas así en las tiendas habituales. Compararlas solo por su precio con prendas industriales deja fuera la espalda, los ojos, los dedos, los días de trabajo. Yo también he mirado así: juzgamos en unos segundos lo que alguien ha tardado días en hacer y años en aprender.
Ana calcula en una hoja de Excel los costes y el precio final de cada pieza, IVA incluido. Lo que no suma es el tiempo de resolver ciertos imprevistos, como reparar un hilo roto o corregir un error escondido.
Sus clientes conocen y valoran lo que compran. Llegar a otras personas desde la casa entre los pinos exige fotografiar, escribir, atender una tienda digital, explicar un oficio que muchos no hemos visto nunca. “No vivimos de lo que hacemos, sino de lo que vendemos”, dice Ana. Y en esa distancia entre lo que saben hacer y lo que venden se les va otra parte de la jornada, horas en las que ella querría estar sentada ante el telar, dando forma a alguno de los diseños que esperan en sus cuadernos.
Una prenda puede quedar fuera de nuestras posibilidades y valer, sin embargo, cada euro de su precio. Defender estos oficios exige reconocer el derecho de quienes los mantienen a cobrar por las horas, por el conocimiento y por esa atención que nosotros recibimos ya convertida en una pieza terminada.
Algún día uno de aquellos paños dejará el taller y encontrará unos hombros. Alguien lo acercará al cuello antes de salir a la calle, recogerá sus extremos con las manos y sentirá el frío quedarse un poco más lejos. Quizá nunca haya respirado el aire de El Pilarillo, pero habrá reconocido el trabajo de Ana y Francis y elegido llevar consigo muchas horas de aquella casa cerrándole el paso al invierno.