Serranos, unidos por una fuerza atávica y telúrica

14 dic 2016 / 12:25 H.

Mi paseo se centra hoy en Segura de la Sierra, pero sin extenderse a los 225 kilómetros cuadrados de su término, cuya población total supera los dos mil habitantes. Hoy solo me detengo es el pueblo matriz, que se divisa desde el valle, arropado en sus laderas con manchas de pinares, salpicadas por blancos y pequeños caseríos. Más arriba, como telón de fondo de esta vieja villa que parece colgada del cielo, se alza El Yelmo, su montaña protectora y el viejo castillo, la vitola que deja claro los muchos años que lleva este pueblo a sus espaldas. Entre este manojo de casas, en la microhistoria de cada una de ellas, así como en las pequeñas historias de sus vecinos, se concentra, no solo el alma de la pequeña población, sino el alma de toda una amplia y rica comarca de la provincia de Jaén, la Sierra de Segura. Adelanto a quien pretenda conocer mejor este pueblo que tienen estas tierras un alma escurridiza y poliédrica que dejan ver su hechura y factura muy lentamente. Uno acaba entendiendo ese carácter precavido cuando se intuye que una fuerza atávica y telúrica hay en sus adentros y que les ha servido y les sirve como arma defensiva ante las agresiones externas que buscan colonizar sus campos, sus costumbres o sus mundos. El alma de Segura de la Sierra es poliédrica y sus gentes saben cuándo mostrar su lado histórico, cuajado de nobleza y gallardía; o su lado monumental, arquitectónico o artístico; o ese otro lado, que te demuestra cómo aún mantienen viejas su tradiciones, su artesanía, su gastronomía; o ese otro lado legendario, cuajado de viejas historias. Un alma poliédrica que nos han ido dando a conocer gentes, nacidas o no aquí. Genaro Navarro, junto a otros, nos contó su historia y arte; Lola Suardíaz o Manuel Alquife nos dejaron un elenco de sus tradiciones. Mi buen amigo Manuel Martínez, junto al ilustrador Juan Martos, vienen contándonos, de forma novelada, los mitos de esta tierra legendaria.

Aconsejo conocer el pueblo más allá del itinerario marcado por las guías, al uso, haciendo ligeras escapadas por entre sus estrechas y empinadas calles, dejándose sorprender por filigranas artísticas escondidas en algún rincón; embriagarse con los olores que salen desde los fogones en donde aún se cocinan, siguiendo recetas bien guardadas, los mismos platos que antaño: cuajada, el cordero al ajillo, la caldereta, el pisto gandul, el ajo de matanza, la tortilla serrana, el ajo de calabaza, entre otros. No hay que llevar prisa, y menos aún, si algún vecino se muestra dispuesto a conversar para contarte lo grande, importante y conocido que fue el pueblo y cómo harán lo imposible para no perder sus viejas costumbres en los juegos, en los bailes, en las fiestas o en los duelos.

Hay algo que muy pronto se advierte conversando con ellos; y es que nadie puede robarles su grandeza de antaño, una grandeza que guardan como un tesoro en sus adentros, en su alma colectiva. Saben muy bien, y lo cuentan con orgullo sano, que desde ese pequeño pueblo, se gobernaban otros muchos, hoy más grandes como Orcera, Santiago de la Espada, Pontones, Hornos, Siles, Benatae, Torres, Génave, Villarrodrigo, Génave y Torres y la Puerta, hasta que fueron segregados lentamente por caprichosas decisiones administrativas o intereses económicos entre la Corona y la Nobleza. Pero todavía te cuentan que les quedan sus aldeas como Cortijos Nuevos, El Ojuelo y el Robledo en el valle; y, subiendo al pueblo, las aldeas de Carrasco, Rihornos y Trujala. Y más adelante, Arroyo Frío, Catena, el Pelón, Río Madera y Moralejos. No pierden en su alma el sentimiento nodriza que nadie ha definido mejor que mi buen amigo e impresor Juan Pedro Cano en este verso: “ Segura/ alta cuna/ atalaya/ mirador/ madre de pueblos, segura”. Una definición más sincera y real que aquella otra que le dedicara el insigne poeta Francisco de Quevedo, asiduo visitante de la villa, en donde vivía Belisa, la mujer con la que andaba en amoríos. Dijo el jocoso poeta hablando de la villa: : “Partí desde aquí derecho/ antes sospecho que zurdo/ a Segura de la Sierra/ que es un corcovo del mundo”. No obstante, pese a esa alma colectiva, no han faltado los celos entre la vieja ciudad y sus aldeas. Es en el cancionero popular en donde mejor se reflejan. Cuando, desde las aldeas del valle los vecinos ven la villa rodeada de nubarrones y zarandeada por los vientos miran a ella diciendo: “ Segura se está cayendo/ le están poniendo puntales/ Segura se ha de caer/ a base de vendavales”. Pero desde allá arriba les responden: “ El valle se va a perder/ con una nube de cemento/ súbete aquí serrana/ y tendrás recogimiento”. En dos ocasiones durante la historia, los gobernantes quisieron arrebatarle a Segura de la Sierra su capitalidad de la municipalidad. La primera vez fue a finales del siglo XVIII cuando, siguiendo la política ilustrada, pretendieron crear una ciudad nueva, ateniéndose a los cánones arquitectónicos de las nuevas poblaciones de Sierra Morena, en el valle de Gutamarta, por donde hoy se extienden las aldeas del Ojuelo y el Robledo. No cuajó el proyecto por pesar más en la Corte la opinión de los entonces responsables de esta rica Encomienda. La segunda vez fue un proyecto que planteó en el siglo pasado, un médico de la zona, concretamente de Cortijos Nuevos quien llegó a publicar un folleto titulado: “Proyecto para unir las dos localidades de Hornos y de Segura en una nueva población que se denomine Valle Bravo”, concretamente el lugar elegido era el actual núcleo de Cortijos Nuevos. Tampoco prosperó la iniciativa, elevada incluso a altas instancias gubernamentales. Y es que hay fueras internas y nadie puede poner vallas al campo.