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Sentar cabeza

El común de los mortales aprende la vida tarde. Algunos cuando el destino ya no puede ser modificado. La referencia más sencilla para distinguir a quien sabe lo que es la vida y quien no lo sabe, suele ser la edad, pues da por sentado que a determinada fecha, el individuo —o individua— ha sentado cabeza y ha dejado atrás los tercos vaivenes de la niñez, infancia, adolescencia y simple primaria madurez. Pero esa no es la cuestión que me ocupa hoy. Yo quiero referirme a ese estado de madurez profunda al que, para llegar, se necesitan determinados factores como la edad y la superación de las vivencias traumáticas que la vida nos presenta de manera normalmente sorpresiva, y que vienen habitualmente con gran carga emocional. Es cierto también que unos pocos, entre los que me incluyo, no maduran nunca, o no sientan cabeza, dicho al modo antiguo, pero no es por inmadurez propiamente dicha, sino más bien por lo que trasladaba aquella canción de Azúcar Moreno titulada “Solo se vive una vez”, y que me quiten lo bailado. No es un resorte de irresponsabilidad como se podría pensar, sino una forma de luchar contra la infelicidad que se encallece en las cabezas de estas personas. Huyen de los errores sin arreglo, de las equivocaciones sin solución, huyen, en definitiva de la propia vida que se empeña día tras día en hacerlos infelices, recordándoles el último error, huyen de la cobardía del suicidio.