Sendero infinito

    14 abr 2026 / 08:39 H.
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    Era un abril de azahar que aquella sabiniana canción aún no nos había podido arrebatar, era el tiempo de los habares altos en los huertos y también de los espárragos en cañadas y laderos. Eran los cielos azules de la infancia, era un coche blanco cargado de aperos, eran olores silvestres que serían para siempre, era la senda pisada que parecía no volveríamos a recorrer, era el canto de los pájaros en celo, eran las mañanas de aventuras que nos mostraban todo lo bello que estaba tan cerca y a la vez tan lejos, era la sed calmada sabiamente por el limpio cauce de un arroyuelo, eran preciosas flores y humildes hierbas en el sendero, era apartar con cuidado la espinosa esparraguera, era cortar el tallo esmeralda en el lugar preciso y ver en la hoja de la navaja el reflejo del padre en la cara del hijo. Ahora treinta años después he desandado el camino, la mirada pausada del hombre ya no tiene el brillo de asombro del niño, he cambiado el azul de la mañana por un ocaso infinito que me trae el verso de Javier Cano, ese querido amigo: “Eso es hoy tu navaja, padre, y llevo de ella el pecho hermosamente herido”.

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