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Se rompió el cantaro

Yo crecí en una calle donde todos los vecinos eran matrimonios que tenían familia numerosa. Treinta y seis casitas situadas en un corralón a mitad de camino entre los barrios de san Juan y la Magdalena, construidas por el Estado para fomentar y premiar el crecimiento en la población menos pudiente. Asignadas por sorteo solo a familias con más de cuatro hijos y previo contrato hipotecario, todas las viviendas presentaban el mismo patrón en el plano: salón, cocina, aseo y patio en la primera planta, y dos dormitorios en la segunda. Con el mismo fin de incentivar la procreación se entregaron las llaves de cientos de amplios pisos protegidos por decreto, y otros tantos chalés de muy buena planta para los fieles afines al régimen. De 1957 a 1975 se mantuvo una media de 650.000 nacimientos anuales, la mayoría de ellos procedían de humildes familias numerosas con un escaso o inexistente poder adquisitivo que soñaban con ver a toda su prole trayendo a casa el salario de su nómina, algo que muy pocas veces se cumplía. Entre las estrecheces, las fatigas, el desencanto y lo que cuesta hoy en día criar decentemente a un hijo, no es extraño que cada vez haya menos nacimientos.