Se ha

    18 jun 2020 / 16:44 H.
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    Abro el frigorífico y dentro está el castillo de Jaén e incluso la Cruz cabe. Remiro con mis ojos “ojipláticos” y sigue ahí el castillo. Empiezo el litro de leche y se eleva un huracán que vuela con todos los grifos de la casa que se escapan por la puerta y voy corriendo detrás y no los pesco. Respiro. En el cuarto de baño está la televisión, en el salón el espejo. Sudo. Desenrosco el bote de café y está ahí tumbado el lagarto de Jaén. Me pellizco tres veces para comprobar que puedo pellizcarme y admito que estoy despierta. Muevo sin querer el bote de la pimienta y silbo, cojo el tarro de miel y mis piernas bailan charlestón, pero yo no quería hacer esas cosas. Agarro la taza y dentro hay una luna menguante. Me falta la respiración. En el cuarto de baño está el Renacimiento, el Impresionismo en el dormitorio y la Edad Media en la cocina, a punto de marearme le pregunto a la casa ¿qué ocurre? ¿Qué está pasando? Me confiesa que se ha despertado con miedo porque no conoce qué tipo de objetos puede apropiarse, con temor porque no se acuerda donde se guardan, con incertidumbre por no acertar en qué época vive. Le digo que se tranquilice que está soñando, veo los grifos de vuelta pero abro el frigorífico y...

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