Rosa Bonheur

    17 sep 2022 / 16:00 H.
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    He leído —no sé dónde— que solo a las personas se nos da el don de maravillarnos de nosotros mismos. No tenemos noticia de algo semejante en las demás especies. La sorpresa es otra cosa y el asombro otra muy diferente. Lo he sentido en ocasiones diversas y en diferentes lugares. Una de ellas fue en el Musée d´Orsay contemplando una obra de la soberbia pintora Rosa Bonheur. Amplia y poderosa tela sobre la que figuraban cinco yuntas de bueyes arando sobre una tierra áspera y oscura pintada con brío y ejemplar destreza que, a cierta distancia, llamó mi atención, descubriendo enseguida mi desconocimiento de su autora a la que he tratado de acercarme con algún detenimiento. Gran pintora de animales, pero también de esa vida rural que escapa a los postulados estéticos positivistas, activa durante la segunda mitad del siglo XIX. Aunque parte de las obras del museo me eran conocidas por exposiciones y libros, el cuadro de la artista francesa se hizo presente e inolvidable a mi memoria merced a ese misterio del arte que, según Matei Câlinescu en “Cinco Caras de la modernidad”, es contrario al de quienes, ávidos de notoriedad y mermados de saber, necesitan conocer la firma para hablar de la obra.

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