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Retrato otoñal

Esa estación del año en que todo el tiempo cabe, la canícula de la mañana, el chaparrón de la tarde. La primera gota de lluvia sacando la vida en la tierra, el pasar del polvo al charco por la extraña cabañuela. El perfil azulado de lejanías de sierra, la nítida línea que se recorta entre horizonte y ladera. Un crepúsculo infinito y desolado, el ladrar distante del perro, el volar errante del grajo. La paleta de color que desafía en la tarde el fulgor en dorado, grana, anaranjado, bermellón... el caer de la tarde en una alcoba en penumbra, una voz apagada, quejumbrosa, tal vez la tos de esa fiebre que se asoma. Un arreciar del viento, el doblar la aguja del ciprés que marca los invisibles caminos del cielo. La sombra inextinguible que el ocaso siempre alarga, un cuento, un misterio, una leyenda, el toque postrero y triste del doblar de la campana. La mariposa encendida, el rezo de aquel recuerdo, el diálogo interminable de los vivos con los muertos. Chiquillos que juegan en el pasar de la infancia frente al blanco cementerio. Este es mi retrato otoñal, en el que todo el tiempo cabe, quién lo vivió lo sabe.