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Reserva de alma

No sé quién sería el primero en decir aquello de “¿me reservas?”. Reservar una habitación de hotel, un libro o incluso un objeto deseado tiene sentido. Pero eso de reservar se ha convertido casi en un artículo de lujo que invade cada rincón de nuestra vida. Ahora también se reservan los espacios de ocio, y quizá eso nos hace más mecánicos, previsibles y organizados, demasiado pendientes del algoritmo. Desde esta ventana nos preguntamos si algún día habrá que reservar también los sentimientos o el alma, perdiendo la frescura de lo inesperado. Hoy llegas al bar de siempre, al del café, las conversaciones y los amigos, y en muchos casos hay que reservar una mesa. El bar, refugio de la improvisación, también parece tenerlo todo previsto. Por eso admiro a tantos bares de pueblo que aún se resisten. Lugares donde el de la barra responde con naturalidad: “Aquí no reservamos; conforme llegue la gente”. Hay pocas frases tan sencillas, tan elegantes y tan auténticas. No reservemos el alma. Seamos, siempre, un bar de pueblo. Conforme llegue la gente.