Pienso que ya la mayoría votamos sin creer en las personas de los candidatos, votamos porque mejor que no votar es elegir un tipo de política, la que mejor nos parece, pero casi por nada más. Es tanta la corrupción pública y tan degradada moralmente está a mi juicio nuestra sociedad, que hace tiempo que ha prescindido del criterio de la honestidad para elegir a los candidatos, no porque no desee valorar ese factor, sino por la polarización que impera hoy, que nos lleva a veces a votar por pura pasión, casi sin pensar en las políticas que se estén haciendo. En mi humilde opinión, a quien se conozcan mentiras públicas, no hay que votarlo; a quién se conozcan comportamientos deshonestos, no hay que votarlo; a quien haga políticas contra el sentido común, no hay que votarlo; porque, si lo votamos, esa degradación moral se expande por el territorio que gobierne. Pero cabe preguntarse si los ciudadanos de a pie nos acordamos de lo que está bien y de lo que está mal, o, peor aún, si sabemos distinguir entre el bien y el mal. Cuando una sociedad pierde su raíz, se degrada. Somos la civilización romano-cristiana, pero ya no tenemos ni el orden romano ni, sobre todo, los valores cristianos.