A estas alturas, gracias a la vida y lo vivido, casi todo me la trae al fresco. Ventajas de carecer de ambición, supongo. Sin embargo, para algunas pequeñas cosas soy muy mío, muy puñetero. Por ejemplo, con los textos que escribo para este periódico. En ellos cuido no solo el mensaje, sino las frases que lo contienen, ajustando con mimo las palabras empleadas, las expresiones de refuerzo, los inicios y los finales. Quiero estar a la altura de la generosidad de las sesenta o setenta almas caritativas que me leen. En ocasiones, no siempre, lo publicado queda resultón, ameno y simpático a la par que profundo y melancólico. Otras veces, el resultado no me convence y me quedo esperando a que me convoquen para el mes venidero, con el único propósito de procurar hacerlo mejor. Y de verdad que lo intento porque, para mí, escribir en el Diario Jaén, además de un privilegio, es un desahogo, una reflexión en voz alta, un grito en la oscuridad, una sesión menos con mi psicóloga. Por eso, cuando el texto, tal y como yo lo he concebido, no es el mismo que finalmente se publica, por cuestiones de maquetación o por lo que sea, la tristeza me secuestra al imaginar a mi padre recortando mi columna y guardarla en la vitrina, donde guardaba la lotería que nunca le tocó.