Actualizado
martes, 16 julio 2019
09:39
h
URGENTE
Imagen SOFIA CASADO
Sofía Casado

Rebujitos

Ver comentarios

Hay que dejar que cada cual se exprese, aunque nos moleste. A mí, por ejemplo, me sentó fatal que por la boca del Verstrynge podemita, Manuel Fraga mostrara su preocupación por el poco sentido del humor de los andaluces, que andaban enfadados tras la declaración de la exministra Tejerina sobre que “un niño castellano leonés sabe a los 8 años lo que un niño andaluz a los 10”. Según él, “la juventud andaluza es menos buena que la de parte del país; mucho rebujito, mucha cervecita, muchas gambitas, mucha playita, mucho ordenador o móvil...”. Lo dijo porque quiso y porque las opiniones, gusten o no, pertenecen al perímetro que demarca la libertad, surgen del punto geométrico donde el ego se expande y tienen el poder excéntrico de alcanzar las azoteas de otros egos. Ese sutil contacto entre desconocidos es un prodigio que no puede ser vedado. Sin embargo, sí deberían impedirse las manifestaciones que menoscaban el valor moral de una sociedad, como la intransigencia, la inequidad o la injusticia, incluso si concuerdan con nuestro gusto ideológico. La clave está en el desprecio al dolor ajeno; ahí deben situarse los límites, incluidos los del humor. Pero solo es la opinión de una andaluza.