Rebobinando el tiempo
No te lo vas a creer, Chiqui, pero un grupo de científicos dicen que han conseguido “retroceder el tiempo” y se han quedado tan tranquilos. Cuentan que han inventado un “interruptor cuántico” que —lo copio, pero no lo entiendo— “revierte el estado de una partícula sin medirla”. Total, Chiqui, que van a poder rebobinar el tiempo al menos el de no sé cuántas partículas. Todo se explica en la física cuántica, Chiqui, pero y si la cosa avanzará...
Lo primero que voy a pedir a las cosas cuánticas esas es que me dejen volver a cuándo estabas entera y podía jugar contigo, Chiqui. Te llamaba siempre así, ¿recuerdas? Y a ti te gustaba porque yo lo veía en tus ojillos de cristal, o de plástico duro, vete tú a saber. Eras rubia y tenías un botón detrás. Si lo apretaba empezabas a hablar y aunque siempre me decías lo mismo a mi me parecía que cada vez le dabas un matiz diferente. Te podías mantener tú sola de pie y cuando te colocaba encima de una mesa nuestras miradas se cruzaban. A veces me daba como un escalofrío cuando podía ver en tus ojos que realmente me estabas observando. Otras imaginaban que te girabas levemente para verme mejor o para enterarte de lo que estaba haciendo. Y eso me enfurecía. Más de una vez te metí en un cajón que tenía llave y te dejaba encerrada muchos días, pero en el silencio de la noche me parecía que te oía quejarte y me tapaba la cabeza para no escucharte.
Luego, por la mañana, te sacaba y me mirabas con una especie de odio contenido, Chiqui, y te ponía de espaladas a la pared para no sentirme culpable. Nuestra relación siempre fue complicada y ahora me arrepiento. Aquella mañana me levanté y fui a buscarte. No te encontré donde te había dejado así que recorrí media casa para averiguar tu paradero. A cada paso que daba me iba enfadando más y más. Media hora tardé en dar contigo. Incomprensiblemente estabas detrás de las cortinas, asomando un poco tu cara rechoncha y parte de ese vestido rojizo que te delataba. ¿Cómo habías llegado hasta allí? Empecé a sospechar que el mismo motorcillo que te dejaba hablar como un papagayo también movía tus piernas y tus pies sin zapatos. Verte allí, medio escondida, me enfureció de tal modo que te cogí por la cabeza y te la retorcí sin piedad hasta que me quedé con ella en la mano.
Justo en ese momento, quizá por la violencia de mi gesto, empezaste a hablar. Me pareció entender que dejabas escapar algo parecido a una súplica de ayuda que te permitiera sobrevivir a mi impetuoso ataque. Dicen, Chiqui, que los sabios estos de las cosas cuánticas fuerzan a las partículas a “retornar a un estado pasado específico”. Creo entender que si les pido que hagan contigo el experimento quizá tus partículas vuelvan a reunirse y regreses. Por lo visto esto solo funciona con los fotones.
Tampoco sé que será eso, pero me suena a focos grandes. Quizá como los que llevaba aquel todoterreno que te atropelló cuando yo, presa del enfado, te arrojé por la ventana hacia la calle.
Miré perplejo y te vi allí, en mitad de los adoquines, con el pelo lleno de grasa, medio aplastada, con el vestido rojo manchado. Todavía hoy no puedo soportar aquella visión. Perdóname, Chiqui, por favor. No sé qué me pasó. Voy a escribir a los sabios esos ahora mismo para que rebobinen el tiempo como ellos saben. Quiero que vuelvas.