Quedarse en casa

    15 mar 2020 / 10:45 H.
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    Creo en la recomendación que se nos hace desde todas las esquinas de la prensa: quedarse en casa, pese a las acometidas que, por uno u otro extremo, realizan las redes sociales, augurando una suerte de cataclismo apocalíptico. Pienso, con el debido temor, que sólo es admisible como apocalíptica, la estrategia de nuestros gobiernos, en estos días de pandemia que sufrimos, si el sustantivo al que se refiere —apocalipsis— recupere su significado original griego que puede traducirse como revelación o manifestación de lo que está oculto, y nos olvidamos de ese otro pronóstico de esotéricas calamidades del apocalipsis de San Juan, que le fue revelado por Dios en la isla de Patmos, dicho sea con el debido respeto hacia ese libro que integra el nuevo Testamento. Pero aun la acepción original de apocalipsis no deja de ser perturbadora, visto que su sola evocación genera pánico hoy día, que se generaliza y se apodera de la gente. En realidad, siempre fue así frente a lo desconocido, desde los presocráticos que conformaron el mito hasta que, en la cultura clásica prevaleció el logos. Hemos arrastrado ese miedo hacia lo ignoto hasta la baja Edad Media, aliviándonos con las convicciones que nos dictaba una cultura plenamente teocrática. Y con otro lenguaje, aún perdura. Pero no era el objetivo de esta reflexión reiterar lo dicho y redicho sobre ese porculero virus sino el de sugerir cómo utilizar esas dos semanas de moderada reclusión, de retiro, de paréntesis en las relaciones sociales y esa maravillosa ausencia de la prisa, para ejercer la introspección, para hacer o no hacer nada y que el silencio entre en nosotros, al objeto de oír todo lo demás y percibirnos como una especie tan vulnerable como otras que hemos eliminado con nuestra basura y miseria. Quedarse en casa, para leer un clásico, un libro de poemas, la prensa si nos llega. Y puesto que, en este instante, nos encontramos en un escenario tan escatológico, leamos no el sino los apocalipsis apócrifos que resulta menos inquietantes que el de San Juan. Apocalipsis de Esdras, de Moisés, de Pedro, de Tomas. Será que no existen apocalipsis para todos los gustos. Quedarse en casa es lo mejor, pese a la penuria económica que ello pueda suponer, sobre todo para los menos pudientes. Cuestión de prioridades. Si un maldito ladrón me asalta y me dice la bolsa o la vida. Yo al menos, me quedo con la vida.

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