Los números son incontestables: en una provincia castigada por un duro descenso demográfico, la Universidad de Jaén ha roto cualquier determinismo estadístico. En apenas tres cursos, las matrículas de nuevo ingreso han crecido un 10,56% hasta alcanzar los 3.507 estudiantes. De haberse mantenido la proporción relativa a los jiennenses de 18 años, nos habríamos quedado en 2.989 matriculados. Entre todos le hemos doblado el pulso a la inercia del declive. Hemos crecido cinco veces más que la media andaluza, mientras nos consolidamos como la segunda mejor universidad de Andalucía en el prestigioso ranking THE. No buscamos compararnos: la UJA atesora un valor indiscutible por sí misma. Convertida por méritos propios en un formidable polo atractor de talento nacional e internacional, retener a nuestros mejores jóvenes e importar nueva savia es la palanca más sólida para que esta tierra prospere. Pero no cabe confiarse. Este pulso se libra desde cero cada día, en cada clase, en cada laboratorio y en cada rincón de esta provincia. Relajarse sería cambiar la inercia, y como decía Aristóteles: “Somos lo que hacemos día a día; de modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito”.