Postureos para la paz

    04 mar 2022 / 16:40 H.
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    Me ocurre últimamente que cada mañana al afeitarme, percibo al mirarme en el espejo la extraña sensación de que todo lo que nos está ocurriendo en las últimas crisis y guerras, es un plan establecido que sigue una puntual hoja de ruta para llegar a un objetivo preciso: La devaluación de la sociedad del bienestar y la cosificación de los ciudadanos que la componen. Dado que los mercados especulativos liberales no admiten la devaluación de las principales monedas, no hay otra solución que devaluar el bienestar de la sociedad reduciendo a los ciudadanos a simples cosas sujetas a los algoritmos estadísticos. Es curioso, también en el régimen de esclavitud de la antigua Roma el esclavo era considerado como una mera cosa.

    Los sociólogos, tan acostumbrados a vernos como cobayas pululando en una sociedad que es capaz de fagocitarse a sí misma, han llegado a afirmar que el nivel de bienestar de un país se mide por la cantidad de cosas que produce para ser necesariamente consumidas. Tan evidente es todo esto que hasta el mayor o menor gasto de papel higiénico es una medida del desconsumo de todo lo consumido, siendo un referente de primer orden sobre el alto nivel de vida que hemos llegado a alcanzar en esta sociedad del “aquímelasdentodas-aquímeloquitantodo” por la que se dejaron el pellejo tantísimos ideólogos de la Utopía. No es casualidad que, en los comienzos de la declaración del estado de alarma por la pandemia, lo primero que comenzó a acaparar todo el mundo fuera precisamente el papel higiénico. Con la puesta en escena a través de medios de comunicación y redes sociales, de guerras, de crisis económicas y de crisis sanitarias, maquilladas con la crema de la posverdad a base de fake news, se está intentando, a todas luces, que fracase todo aquello que nos ha hecho personas, para una vez derribado el sistema social darnos la opción de que nos conformemos con ser cosas que resignadamente aceptan su destino. Se nos pretende crear un sentimiento de culpa fatalista según el cual todo lo que nos ha pasado y nos pasa es porque hemos pretendido vivir por encima de nuestras posibilidades, ya sean económicas, sanitarias, sociales o pacifistas, cuando la realidad es que son precisamente los que están gestionando estos problema los que están muy por debajo de las suyas. Que Trump y Putin están como cabras es algo que nadie sensato pone en duda. El matiz estriba en el cabrero que se lo ha dicho a cada uno.

    La perversión de esta estrategia ha conseguido, en un alarde de virtuosismo malvado, que se cosifiquen también nuestros cosificadores junto a todas sus instituciones. Cuando nació la Organización de Naciones Unidas (ONU) el 24 de octubre de 1945, después de concluida la Segunda Guerra Mundial, lo hizo en base a unos principios comenzando por el de igualdad de todos los estados soberanos: “Los propósitos de las Naciones Unidas son mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin: tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz”. Pero lo curioso es que los cinco miembros permanentes (Rusia, China, Francia, Reino Unido y los Estados Unidos) de su Consejo de Seguridad que tienen derecho a veto, poseen una potente industria armamentística. (Si alguno de estos países vota contra una propuesta, ésta queda rechazada, incluso aunque el resto de miembros haya votado a favor). Es decir que quienes más velan por la paz del mundo son los que más armas fabrican y venden.

    ¿Y usted de mayor qué quiere ser? —me preguntaban hace algún tiempo—. Pues mire, yo quiero ser más libre, más igualitario, y más fraterno que era ayer a esta misma hora. Más tolerante, más demócrata y menos embustero, de lo que usted pretende enseñarme con su impresentable proceder.

    Diario JAÉN
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