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Por fin: Aove la diferencia

Hoy debería escribir sobre el terrible accidente ferroviario de Urda, de la crispación que la catástrofe ha desencadenado por el uso partidario de sus causas y consecuencias; comentar la indignidad de los responsables y la abnegación de quienes trabajan con valor y constancia en recuperar víctimas y aliviar dolores; pero puede esperar para hacerlo con serenidad. El nuevo Diccionario de la Real Academia, la 24 edición, presentado estos días, ha admitido la palabra “aove” para llamar por su nombre propio el aceite de oliva virgen extra, que —sin dudas— es el producto principal del olivar, el zumo de la aceituna; lo demás, incluso el propio “virgen”, es otra cosa —y lo es por la mano del hombre— mal cosechando, contaminando o incluso adulterando, el producto que ofrece el olivo antes de caer al suelo. Esto ha sido así desde siempre —ya los romanos llamaban “lampante” (grasa para iluminar) al aceite de mala calidad— no debemos perderlo de vista para salvar el olivar. Todo lo que no sea cuidar el árbol y recolectar bien el aove, procesarlo de forma natural —y a tiempo— en la almazara y comercializarlo adecuadamente, es hacer otra cosa, un producto distinto, dicho
sea con todos los respetos.